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10 días de meditación Vipassana (mi experiencia)

por Maru Mutti

La meditación no siempre es fácil. 

Así como la primera vez que intenté hacer yoga me di cuenta de que esa imagen que tenía de gente relajada, en paz consigo misma era errónea – yo me la pasé transpirando como si hubiera estado corriendo una maratón -, con la meditación pasa lo mismo.

Resulta que depende de la técnica de meditación que uses, puede resultarte relajante o estresante. 

Esta es la historia de mi segunda vez haciendo el curso de meditación Vipassana. La historia de mis 10 días meditando 10 horas al día, sin hablar con nadie, sin tener contacto físico ni visual con nadie, aislada del mundo exterior, sin leer ni escribir y sin ingerir más que agua con limón después del mediodía.

Conocé qué es la meditación Vipassana y sus beneficios

Mi experiencia de 10 días en un curso de meditación Vipassana. No me callo nada y te cuento todo lo que vivi con lujo de detalles. #bitacoraviajera #mindfulness #meditacion #meditacionvipassana #vipassana #cursodemeditacion #meditar #relax #viajes #viajar #lifestyle #viajeros

Mi primera experiencia había sido muy buena. La técnica me gustó y aunque me había dolido un poco el cuerpo, la intensidad había pasado por otro lado. 

Por el autodescubrimiento, por la aceptación, por aprender a sobrellevar diferentes situaciones de la vida de una manera distinta. 

Me había parecido intenso, pero no difícil. 

Nunca había sentido la necesidad de salir corriendo, no hablar con nadie había sido la parte más fácil de todas y recuerdo que lo más complicado me había parecido no poder ni siquiera mirar a los ojos a la persona que tenía comiendo al lado cada día.

Pero esta vez fue diferente. Porque como te hace entender la técnica Vipassana, todo es impermanente, todo está en constante cambio. Por eso, era lógico que no iba a resultarme ni siquiera parecido.

Elegí hacerlo en el mismo lugar, un poco porque me había gustado y otro poco porque ya lo conocía. Si tenía que salir de mi zona de confort mental durante 10 días, al menos que fuera en un lugar en el que estaba cómoda. 

Pero pronto me di cuenta de que eso no tiene nada que ver con nada, que la mente es demasiado poderosa y que mis próximos 10 días allí serían los más duros, intensos, tristes y felices que viví en mucho tiempo.

Meditar puede ser estresante, puede doler. Y a mí me dolió mucho. 

Me dolió la pierna, me dolió la cabeza, los pensamientos, el alma. Me dolió la mente que no me dejó tranquila ni un minuto. Me dolió con tanta fuerza que podía sentir como algo dentro mío se estrujaba con la misma fuerza que usaba cada tarde cuando escurría la ropa que había lavado. Quizás ese dolor era mi mente, que poco a poco se iba escurriendo, sacando los restos de impurezas que había logrado limpiar durante la meditación de aquel día. Aunque muchas veces ni siquiera estoy segura de haber meditado realmente. Por lo menos no en la forma en que la técnica te lo pide.

La técnica de meditación Vipassana es la que utilizó Sidattha Gothama para liberarse. Gothama fue quien todos conocemos como El Buda, aunque en realidad no es el único buda que existió, que existe o que existirá. 

El término “Buda” significa iluminado y hace referencia a aquella persona que logró liberarse completamente. Por eso no hay uno solo. Hubieron muchos Budas antes que él y habrán muchos más posteriormente a él. Sin embargo, cuando hablamos de Buda todos nos estamos refiriendo a él, a Gothama. 

Él utilizó la técnica Vipassana para lograr liberarse en su totalidad y empezó a enseñarla a quién estaba dispuesto a recibirla.

La meditación Vipassana se centra en la ley de la naturaleza: aceptar las cosas tal y como son, no como queremos que sean, si no tal y como son. Y por eso, es importante, antes que nada, entender el concepto más importante: todo es impermanente, todo está en constante cambio.

La técnica Vipassana se explica paso a paso, porque solo entendiéndola intelectualmente no funcionaría. Cada uno tiene que experimentar la teoría en sí mismo. Por eso trabajamos con nuestro cuerpo y nuestra mente, para poder experimentar la teoría que se nos explica.

Los tres primeros días en realidad no hacemos meditación Vipassana sino meditación Anapana. Nos concentramos en observar la respiración focalizándonos en una pequeña zona triangular ubicada entre la base del labio superior y las fosas nasales. 

El objetivo es que la mente se concentre en un solo lugar y que sea más fácil observar el comportamiento de nuestra respiración. Como sale, como entra, si es lenta o agitada. 

En la teoría suena fácil, pero en realidad no lo es. Sin que te des cuenta la mente se va, empieza a vagar por ahí. 

Te lleva a recordar situaciones del pasado, te lleva a preocuparte por temas del futuro, pero nunca está presente, siempre sale corriendo.

Cuando te das cuenta la querés traer de nuevo y lo conseguís durante algunos minutos, pero se vuelve a ir. Se escapa, no quiere observar la respiración, no quiere sentirse dominada. Pero vos no podés hacer más que agarrarla de la mano y traerla nuevamente a dónde debe estar. Y observarla, observarla, observarla.

Qué difícil me resultó esta vez. No podía dejar a mi mente quieta, apenas la traía de vuelta, daba una o dos respiraciones fuertes para concentrarme y cuando empezaba a observar la respiración normal, tal y como es, ya estaba paseando por algún otro lugar de mi vida.

La meditación Vipassana se centra en la ley de la naturaleza: aceptar las cosas tal y como son, no como queremos que sean, si no tal y como son. Todo es impermanente, todo está en constante cambio. Clic para tuitear

Al ser mi segundo curso el área dónde debía focalizar mi atención era demasiado chiquita, era un triángulo en miniatura y a veces me resultaba imposible sentir la respiración pasando por ahí. Me frustraba, solo quería que llegara el cuarto día y que empezáramos a hacer Vipassana. 

Eso seguro me iba a resultar más fácil, porque si bien no podía sentir la respiración en esa zona, sí tenía todo tipo de otras sensaciones. Sí, Vipassana me iba a resultar más fácil seguro.

Pero llegó el cuarto día y el momento de hacer meditación Vipassana y nada de lo que esperaba pasó. 

Durante los tres días de meditación Anapana el área triangular se va reduciendo día a día. Esta es una forma de ir afilando la mente para que pueda empezar a sentir hasta la respiración más sútil. Si te enfocás en un área grande, es más fácil percibirlo, pero a medida que vas achicando la zona se hace más díficil, necesitás más concentración, más agudeza.

Mientras observás la respiración vas tomando consciencia de la cantidad de sensaciones que van surgiendo en esa área delimitada. Vibraciones, latidos, pulsaciones, pinchazos, picazón, ardor, calor, frío, etcétera. 

Vos no podés hacer nada más que observar la respiración, pero esa vibración en el labio te desconcentra un poco y no podés hacer la vista gorda, la mirás un rato. Quizás te pica, entonces te rascás y seguís observando la respiración.

Todo ese proceso es necesario para poder ir entendiendo cómo funciona nuestra mente. Después de todo, de eso se trata también esta técnica: de entender el funcionamiento y de purificarla. 

Vipassana consiste entonces en observar las sensaciones tal y como son. No como queremos que sean, sino tal y como son. Solo tenemos que limitarnos a observarlas y a mantenernos ecuánimes a ellas. 

Esto quiere decir que tenemos que lograr un estado mental de equilibrio en el que no reaccionamos a ninguna de las situaciones que se presentan en nuestro cuerpo. Entonces tenemos que limitarnos a observarlas y a no reaccionar, a observarlas y a entender que su naturaleza es impernanente, está constantemente cambiando.

Otra vez, la teoría suena fácil pero la práctica demuestra que no lo es. Y por eso es tan importante que no creamos en la técnica por lo que leemos si no por lo que experimentamos. 

Yo te puedo decir que te limites a no reaccionar a las sensaciones y vos me vas a decir que Ok, que podés hacerlo, que es fácil. Pero cuando estás ahí, sentado durante una hora con los ojos cerrados sin poder cambiar de postura y no hacer más que observar, te vas a dar cuenta de que no lo es.

Porque cuando empezamos a practicar Vipassana, también hacemos Adithana, es decir tomamos una firme determinación de que pase lo que pase, tres veces al día, durante una hora vamos a sentarnos en la posición que encontremos más cómoda para nosotros, vamos a cerrar los ojos y no vamos a mover ni los dedos del pie, sólo vamos a observar de manera ecuánime.

El cuarto día me sentí feliz, por fin iba a tener que dejar de concentrarme en la respiración, por fin iba a poder observar las sensaciones. Y me senté cruzada de piernas lista para disfrutar de mi primer Adithana del curso. 

Pero me olvidé de que la pierna derecha me había estado doliendo muchísimo desde el primer día. Era un dolor raro, una electricidad que me corría desde el final de la cintura hasta el tobillo. Era una electricidad martillo, punzante, que se me clavaba hasta lo más profundo de los huesos. Así que a los primeros cinco minutos del Adithana yo ya estaba sufriendo. 

Mi mente me decía que no lo iba a tolerar, que me moviera, que me iba a terminar lastimando en serio. 

¿Qué sentido tiene romperte una pierna por una hora de meditación? Dale, dejate de joder, movete. 

Y yo sabía que no podía moverme entonces intentaba empezar el recorrido de sensaciones. Desde la cabeza a los pies. Pero no podía llegar ni siquiera al cuero cabelludo que otra vez mi cabeza se iba a la pierna. ¿Por qué me duele tanto? ¿Tendré algo? Haber si después no puedo caminar…

Entonces recordaba lo que aprendí en el primer curso. Las reacciones no son solo físicas sino también mentales. 

Si me focalizaba en que no quería que me duela, en pedirle, rogarle, implorarle a mi pierna que aguantara un poco, estaba reaccionando y mi trabajo ahí era simplemente observar ese dolor, ver cómo iba cambiando, como de a ratos desaparecía y de a ratos volvía con intensidad, cómo siempre se quedaba ahí. Observarlo, observarlo, observarlo.

Decidía ignorarlos por un rato. Me había quedado en el cuero cabelludo así que volvía a subir. Sentía algo, lo observaba y pasaba a la frente, pero antes de llegar a la nariz la pierna otra vez me pedía a gritos que la moviera. Y yo le decía que no, que estaba meditando y que su naturaleza era impermanente, que iba a cambiar, que no iba a quedarse ahí para siempre. Y volvía a focalizar mi atención en la nariz. 

Cuando la pierna se calmaba, mi mente se aburría de observar las sensaciones sutiles en la cara y se iba a dar un paseo.

Se subía al Delorean de las mentes y viajaba a 1999. Se volvía a subir y viajaba a dentro de dos meses. Se subía de nuevo y ahora revivía el 2013. Y así todo el tiempo. Hasta que un pinchazo en la pierna me traía de vuelta a la realidad. 

Estás meditando, tenés que observar las sensaciones, volvé para acá y ponete a trabajar. 

Meditar duele. Los pensamientos duelen, las sensaciones duelen, el alma duele. Y vos, simplemente tenés que limitarte a observar, a entender su naturaleza, su impermanencia, su cambio constante. 

Con la meditación Vipassana empezás a re-educar la conducta de tu mente y con esa re-educación comienza una limpieza profunda. 

El primer día del curso hacen una comparación muy acertada. Te dicen que durante esos diez días vas a estar haciéndole una cirugía a tu mente. La vas a abrir y vas a trabajar con un bisturí muy potente que te permitirá ir rascando las impurezas. 

Obviamente, un curso de 10 días no puede cortar las impurezas desde la raíz, pero empieza a limpiar la suciedad más superficial. El trabajo de seguir haciendo esa limpieza después depende de cada uno. 

El curso te da las herramientas para hacerlo, te explica la teoría y te permite experimentar, en la práctica, que la técnica funciona. Pero solo funcionará realmente si estás dispuesto a trabajar duro.

Después de mi primer curso no seguí meditando como debía hacerlo.

No porque no confiara en la técnica sino porque durante los diez días de curso todas las condiciones están dadas para que vos puedas meditar sin preocuparte por nada más que trabajar en la operación de tu mente. 

Pero cuando salís al mundo real, la mente se te rebela y es muy fácil dejar que tome las riendas de nuestra vida nuevamente. 

A veces pasas más tiempo buscando excusas para no sentarte a meditar, del que en realidad pasarías si meditaras. Pero claro, es más fácil porque la mente te convence de que no lo hagas, de que hay cosas mejores para hacer.

Y eso fue lo que intentó hacer mi mente durante los primeros días del segundo curso. 

Como despierta hacía caso omiso a sus intentos por convencerme de que no la limpiara, me hablaba en sueños. Me dormía hasta sentada meditando y siempre algo o alguien aparecía para demostrarme que no tenía sentido estar ahí.

Tuve pesadillas durante el día y durante la noche. No me podía concentrar de ninguna manera. Mi mente tenía más fuerza que nunca y no estaba dispuesta a perder su poder. 

Pero seguía enfrentándola, Muchas veces fue como un duelo a muerte y perdí más batallas de las que gané. 

El cuarto día estuve con mucho dolor de garganta y cuando llegó la hora de darme una ducha, el agua fría que caía sobre mi cuerpo me hizo tomar la decisión de no lavarme más la cabeza por el resto de los días que quedaban. 

Pasaba demasiado frío como para tener que estar con la cabeza mojada las últimas horas de meditación del día durante seis días más. Prefería convertirme en una roñosa antes que enfermarme. 

El quinto día sucedió lo imposible. 

Meditar duele. Los pensamientos duelen, las sensaciones duelen, el alma duele. Y vos, simplemente tenés que limitarte a observar, a entender su naturaleza, su impermanencia, su cambio constante. Clic para tuitear

Durante los 10 días del curso anterior y los primeros cuatro días del curso en el que estaba, veía constantemente chicas que iban a cargar sus baldes con agua de una canilla que estaba afuera. 

No entendía el sentido: si tienen una canilla en el baño, por qué no usan esa. 

También me preguntaba para qué usarían tanta agua en un balde todos los días. Llegué a la conclusión de que lavaban mucha ropa o bien se la pasaban limpiando el piso. 

Mientras estaba sentada mirando por la ventana de mi habitación, que daba justo a una de las famosas canillas de afuera, veo que del balde que estaba cargándose lentamente con agua salía vapor, mucho vapor. 

Se me iluminó la cara, el cuerpo, el alma. Las canillas estaban conectadas a un calefón y daban agua caliente. 

¡Podía bañarme con agua caliente! No iba a tener que ser una mugrienta por el resto del curso, podía darme una ducha de agua caliente.

Ese día, llené el balde con agua y me di una ducha tirándome agua caliente encima con una palangana. Fui tan feliz en ese momento que mi meditación siguiente fue maravillosa. 

En una de las tantas vueltas que le di a mi cuerpo, al llegar a observar el cuero cabelludo sentí como cada centímetro de mi cuerpo se iba convirtiendo en una especie de manguera blandita que se iba inflando, inflando, inflando hasta convertirse en una bola gigante y liviana, como esas que usan en los gimnasios, y empezaba a vibrar. 

Vibré por unos cuántos minutos – que quizás fueron simplemente segundos – y me sentí muy bien, muy feliz.

Pero el discurso de esa noche – todas las noches escuchás un discurso de una hora y cuarto aproximadamente en el que se afianza lo experimentado en el día – me recordó que toda esa felicidad que estaba sintiendo, por el agua caliente y por las vibraciones, también eran reacciones.

Tendemos a pensar que lo único que nos causa sufrimiento son las reacciones negativas, pero cuando empezás a hacer Vipassana entendés que las reacciones positivas generan un apego muy grande que terminan llevándonos al sufrimiento. 

Es importante entender que todas las sensaciones – buenas o malas – son impermanentes, que están en constante cambio y por eso, hay que observarlas y aceptarlas tal y como son, sin sentir rechazo o deseo por ellas. 

Esta es, quizás, la parte que más difícil me resultó entender del curso. 

Cuando algo nos hace sentir felices, queremos sentirnos felices, es lógico, el sentimiento es tan poderoso que no queremos que se vaya nunca. 

Pero ahí está la cuestión: no queremos que se vaya nunca, y la ley de la naturaleza nos dice que todo es impermanente, que todo está en constante cambio, que nada dura para siempre. 

Tiene lógica, pero cuando te ponés a pensar en todos los aspectos de tu vida sentís que es un poco difícil de experimentar 100% en la práctica. 

¿No podés amar con locura a nadie entonces? ¿No tiene sentido hacer cosas que nos hagan sentir bien porque a la larga nos va a traer infelicidad? 

Entonces ahí mi mente vuelve a hacerse poderosa y me vuelve a repetir que mejor me vaya a hacer otra cosa, que estos diez días ahí no tienen sentido, que puedo estar haciendo cualquier cosa mejor con mi tiempo. 

Pero yo no la escucho, ya sé que esto me pasó la vez anterior, que todos estos cuestionamientos ya me los hice y si el curso anterior lo terminé, y si en aquel momento experimenté cambios en mí que fueron positivos, es porque la técnica funciona y porque algo de razón en eso hay.

Seguí escuchando y en algún momento me perdí, pero empecé a imaginar todas esas situaciones en las que siento un apego tan grande por algo que termino sufriendo. 

Y llegué a ejemplos tan básicos pero reales como la insatisfacción que sentía cada vez que, viviendo en Tailandia, me moría por comer una pizza como las de mamá y lo único que tenía era una pizza medio pelo que no se le parecía ni siquiera en la forma. Deseo, apego, insatisfacción. 

Entonces decidí que mi objetivo en la vida no es convertirme en Buda sino tener la mente lo más ecuánime posible y ser una mejor persona gracias a ello. 

Voy a seguir amando con locura y voy a seguir haciendo las cosas que me hagan sentir feliz, pero cada vez que una pizca de infelicidad a causa del apego asome en mi cuerpo, intentaré repetirme que todo es impermanente, que esa sensación también va a cambiar y aceptaré las cosas tal y como son. 

No como quiero que sean, sino tal y como son.

El día siete fue el peor de todos. No podía meditar, no podía estar con los ojos cerrados. la hora de Adhitana no me interesaba, quería salir corriendo de ahí. 

Mi mente no se quedaba quieta, estaba más despierta que nunca, tenía energía suficiente como para no parar ni un segundo. Me agarraba la cabeza, me olvidaba de que todo era impermanente, de que no tenía que reaccionar a esas sensaciones, que tarde o temprano se iban a ir, iban a desaparecer. 

Pasé del hall de meditación a mi celda, de mi celda a mi habitación. Iba rotando porque ningún lugar me parecía cómodo. Intentaba al menos quedarme dormida mientras meditaba, no lo podía lograr. 

Mi mente no paraba. Sentía bronca por estar ahí y no aprovechar el tiempo, extrañaba mucho a Nico, quería hablar con mi familia, saber que estaba todo bien. 

Para colmo, sabía que esa noche el discurso nos iba a avisar que en dos días íbamos a poder hablar de nuevo y no quería que me lo dijeran, no quería.

El curso anterior el día 7 fue también crucial. Esa vez había tenido un día magnífico, había meditado mejor que cualquier otro día, pero a la noche, cuando lo primero que dijeron en el discurso fue que el día 9 por la mañana se rompía el voto de silencio, mi mente se desequilibró y empezó a imaginar las futuras conversaciones que iba a tener con cada una de las personas que estaban ahí meditando conmigo. 

Esta vez fue diferente. No quería que me lo dijeran porque no quería volver a hablar, estaba asustada de volver a hablar, no quería tener que contarle a nadie sobre mí, sobre mi vida, sobre mis planes, sobre mi experiencia. 

Quería un voto de silencio eterno, que nunca se termine. Y otra vez, me acordé de que todo es impermanente, de que todo cambia, y de que por eso, mi silencio también debería cambiar. 

Y cuando logré aceptar eso, llegó el día 9 y hablar me resultó más fácil de lo que creía. Hablé mucho ese día, mucho más de lo que recuerdo haber hablado el día 9 del curso anterior. 

Me liberé de muchas cosas y al mismo tiempo logré estar presente, meditar con los ojos abiertos como nunca antes lo había hecho. Al mismo tiempo que charlaba era consciente de mis sensaciones y también de mis reacciones, y si algo no me gustaba simplemente lo aceptaba y seguía. 

Esa noche, mi meditación estuvo llena de vibraciones y de movimientos. Mi cuerpo se balanceaba de un lado a otro, se movía con rapidez de manera involuntaria y sentí por primera vez el verdadero flujo libre de sensaciones por todo el cuerpo. 

Fue tan hermoso como impermanente y así lo observé, así lo acepté.

El día 10 la «operación de nuestra mente» se cierra con la enseñanza de una nueva técnica, Metta. La técnica para compartir nuestros méritos, para llenarnos de amor compasivo y expandirlo a todos los seres. 

Al terminar cada meditación, durante 10 días, escuchamos un canto que dice Bhavatu Sabba Mangalam que significa “Que todos los seres sean felices”. 

Los cinco, diez o quince minutos de meditación Metta son el momento perfecto para hacer valer esas palabras. 

El curso fue muy duro para mí, muy intenso, me llenó de cicatrices que aún se están curando pero el Metta de aquel día fue el bálsamo que necesitaba. 

Con los ojos cerrados sentí como mi corazón se expandía y pude ver a mi alrededor a todas esas personas que quiero, sonriéndome. Pero también expandí esas vibraciones de amor a todos lados. 

Sentí rayos de luz saliendo de mi cuerpo y cuando escuché el canto por última vez estallé en lágrimas. 

Lágrimas de amor, de compasión, de liberación. 

Los 10 días del curso habían llegado a su fin. Y sí, costaron, dolieron, pero también valieron la pena.

Bhavatu Sabba Mangalam,

Un beso,

Maru


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