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De paseo por Fort de France, una colorida ciudad en Martinica

por Maru Mutti

Cuando llegamos a Martinica (o Martinique, como es su nombre original en francés), el día estaba indeciso: por parte del clima, y como todo lugar tropical, teníamos cinco minutos de lluvia intensa, cinco minutos de sol radiante y así continuamente; por parte nuestra, no sabíamos bien por dónde empezar. Con la lluvia amenazándonos continuamente, la idea de visitar la playa quedaba un poco ahogada entre las gotas que en pocos minutos lograron empaparnos por completo pero el calor que azotaba la mañana cada vez que salía el sol no nos invitaba demasiado a una caminata larga, al menos no durante esas horas.

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Apenas bajamos del crucero, como en cada una de las paradas había una banda haciendo música local y algunos bailarines con el vestuario característico ofreciéndonos una bienvenida alegre y amistosa que, automáticamente quedaba empañada por los acosadores taxistas que nos invitaban a pagar precios insólitos para conocer la isla y que, por supuesto, nosotros no íbamos a aceptar. Lo que sí nos llamó la atención es que no había presencia de agencias de viajes en el lugar, ni gente que te ofreciera actividades alternativas en Martinica. Era elegir entre un taxi ahí o buscar distintas maneras de aprovechar el día por cuenta propia. Para nosotros, no había problema en eso, pero mucha de la gente que viaja en crucero gusta de tener las cosas un poco más fáciles y no perder tiempo en decidir cómo seguir con el itinerario del día.

Mientras Nico y yo debatíamos qué hacer primero y de qué manera, se nos acercó una pareja de tanos que tranquilamente podrían haber sido nuestros abuelos. ¡Sí, adivinaron! No era una pareja cualquiera, sino la que nos salvó de perdernos el espectáculo de aviones en Saint Maarten el día que me picó (o pinchó, o quién sabe cómo se dice) el erizo. Estaban medios desorientados porque el precio que le ofrecían para moverse en taxi por la isla era desorbitado incluso para ellos que están acostumbrados al uso del euro. Se nos acercaron para preguntarnos si nos interesaba compartir el taxi con ellos y les explicamos que la ciudad no estaba muy lejos de allí y que nosotros íbamos a buscar mejores precios y alternativas fuera del puerto.

Y mientras empezábamos a caminar por las callecitas de la ciudad de Fort de France, íbamos entendiendo de qué iba este lugar. Martinica es una isla cien por ciento francesa, pero al ser la primera en la que desembarcábamos no teníamos ni idea de que la presencia europea se iba a sentir tan fuerte. Desde la moneda oficial, que por supuesto es el euro, hasta las patentes de los autos y las leyes que poseen, todo es auténtico del viejo continente. Es un anexo real de Francia. Como si estuviese todo junto, unido, sin distancias. Quedamos impresionados y a la vez encantados. No esperábamos encontrarnos con todo eso.

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Entre tantas idas y vueltas, pero mayormente porque yo quería tener tiempo suficiente para poder caminar por las calles de Fort de France con tranquilidad, decidimos ir primero a la playa. Pasaríamos un rato allí y a las 2 de la tarde, cuando el sol comienza a picar más fuerte y es mejor estar a la sombra, saldríamos de paseo por la ciudad. Así, la primera parada era llegar al puerto que conecta a la ciudad con el pequeño territorio insular La Pointe du Bout (Les Trois – Ilets). La lancha es una especie de taxi acuático en la que no sólo se suben los viajeros que quieren ir a conocer la parte más famosa, quizás, del litoral de Martinica sino también los habitantes locales que cruzan diariamente para ir a trabajar a esta parte que se dedica principalmente al turismo.

Al ser un transporte local, pese a todo, el costo del pasaje era de 10 dólares ida y vuelta. Considerando el valor que fuimos viendo en el resto de las islas, esto fue lo más económico de todo el viaje. El recorrido era corto, pero al ser la única forma viable de llegar hasta esa zona no me parece que se abusaran del precio.

Cuando llegamos al islote, nos encontramos con un paisaje que era esperable considerando que está dedicado casi por completo al turismo. A simple vista, las construcciones y el entorno parecían sacados de un cuento, pero no nos detuvimos a mirar… Creo que justamente no nos atrajo demasiado el hecho de saber que no se trataba de algo tan auténtico sino más bien preparado, pero elegimos conocer Martinica desde su lado más original y por eso, después de disfrutar un rato de sol y mar, emprendimos el regreso.

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Párrafo aparte, tengo que mencionar que durante las 2 o 3 horas que estuvimos en La Pointe du Bout la lluvia no dejó de molestarnos. Esporádicas pero  a veces intensas, los martiniqueños parecían completamente asombrados y cada vez que la primera gota caía sobre el suelo todos corrían buscando un reparo… No entendí muy bien por qué, ya estaban mojados y la mayoría salía del agua por un chaparrón sin sentido, pero eso es lo que hacían una y otra vez.

Dicho esto, una vez preparados volvimos a la parada de la lancha que tiene una frecuencia de media hora o una hora, depende la franja horaria. Lo que recuerdo es que si perdíamos esa lancha, teníamos que quedarnos ahí un montón de tiempo más y yo ya no quería más sol ni lluvia en la playa, quería ver la vida de Martinica.

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Cuando llegamos, parecía que la lancha nos estaba esperando porque apenas nos subimos salió y todavía faltaban 10 minutos para la hora de partida. Al llegar a tierra firme, la lluvia pareció haber quedado atrás por completo y el sol empezó a levantar la humedad de las calles, haciendo que el calor sea mucho más agotador que antes.

Aún así, emprendimos la caminata por las calles coloridas de la ciudad. Primero nos dirigimos a la Catedral, pero al llegar nos encontramos con que los viernes está cerrada. Nos pareció un poco extraño, ya que la mayor parte del turismo que llega a Fort de France proviene de los cruceros y muchos de los barcos atracan en este puerto justamente ese día. Pero un tropezón no es caída y, obviamente, estábamos ahí para ver más que el interior de una iglesia así que seguimos caminando. Sin rumbo, de la forma que a mí me gusta.

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Podría decirse que este fue el primer gran desafío de nuestro viaje en pareja. Yo estoy acostumbrada a viajar a mi modo y eso, significa no tener idea a donde ir, caminar sin saber por qué, sólo para encontrarme con el lugar y ver la gente en su cotidianeidad y, sobre todo, perderme. Nico, en cambio, tiene sus formas y eso tal vez involucra más tener un destino un poco más cierto. Creo que durante el paseo por Martinica entendimos que vamos a tener que aprender a compartir nuestros gustos viajeros y a adaptarnos mutuamente a las formas en que cada uno viaja y respetar eso porque en definitiva así, podemos aprender también uno del otro.

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Tengo que decir que me llevé una muy buena imagen de Martinica y Fort de France en especial. Pese a que alguna que otra vez volví a sentir esas “malas formas” que tienen los franceses muchas veces (no lo quiero generalizar, pero a mi parecer en muchas oportunidades no les interesa relacionarse con nadie que no les hable en francés, por lo menos los franceses que no están acostumbrados a viajar… ¿a alguien le pasó lo mismo alguna vez?), creo que este lugar fue uno de los que más me gustó de este viaje. Las calles coloridas, los negocios colmados de ropa flúor, el estilo de las construcciones… todo me dejó completamente maravillada y me dieron ganas de poder volver alguna vez a dedicarle un poco más de tiempo.

En definitiva, Martinica no puede ser más francesa porque hasta la bandera de ese país flamea en sus calles, pero al mismo tiempo tiene su identidad propia, bien caribeña y sobre todo, colorida.

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2 Comentarios

Ruben M junio 27, 2014 - 1:03 pm

Genial el comentario y calidad de fotos,!!!!!!!

Responder
Claudia Dayana Angel julio 29, 2017 - 2:38 am

Hola, te felicito por tu excelente reseña de este viaje de ensueño, qué te puedo decir diferente a que te envidio, la verdad no mucho… Se ve que Fort de France es todo un lugar de ensueño, ideal para pasar una luna de miel o un viaje romántico, tiene el toque de distinción europeo pero con la magia y el sabor del caribe. Leyendo tu reseña me pusiste a soñar, me soñé casada con mis dos amores platónicos, dos lindas mujeres una bio y una trans, y montada en un mágico crucero abrazada con ellas y viviendo la mejor experiencia de nuestras vidas, lástima que no pase de ser una bella y sensual fantasía, saludos desde Colombia ♥♥♥

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