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Desconectar para conectar (o por qué decidí alejarme de las redes sociales)

por Maru Mutti

“Hola, soy Maru y soy una adicta a las redes sociales”.

Así tendría que haber empezado mi presentación hace no más de cuatro meses atrás. Siempre me gustaron las redes sociales, no lo voy a negar. Cuando apareció Facebook me negué durante meses a hacerme un perfil, no me interesaba estar ahí, que cualquiera pudiera encontrarme. Pero de repente, un día, mientras estaba aburrida en la oficina miré la pantalla de la computadora, abrí Internet Explorer, tipeé www.facebook.com y le di click a registrarse.

Lo mismo me pasó con Twitter, aunque tengo que admitir que en realidad me generaba rechazo porque no entendía para qué servía esa red social. Pero me pasó lo mismo: la curiosidad me ganó y en menos tiempo del que recuerdo ya manejaba mi cuenta como una pro. 

Con instagram me pasó algo diferente. Quería tener un perfil con todas mis fuerzas, pero solo podían hacerlo aquellas personas que tuvieran Android y yo tenía un Blackberry. No me importó, le pedí prestado el teléfono a mi papá y me creé una cuenta que sabía que no iba a poder utilizar. Lo importante para mí era estar ahí.

Cuando nació Bitácora Viajera tenía la excusa perfecta. Las redes sociales no solo me servían para dar a conocer lo que hacía sino que además, eran una parte esencial de mi trabajo. Poco a poco las fui usando aún más tiempo y mi cabeza empezó a confundirse. Yo empecé a confundirme. Ya no vivía las cosas para mí, sino que todo lo que pasaba o veía a mi alrededor estaban en formato de post. Para el blog, para Facebook, para Instagram, para Twitter

No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que esto estaba pasando, pero por más que me planteé alejarme de las redes sociales mil millones de veces la respuesta que me daba la vocecita de mi cabeza siempre era la misma: es tu trabajo.

Luché de mil maneras para ganarle la batalla a las redes, pero un día llegaron las stories de Instagram y lentamente empecé a ver como mi pelea estaba perdida. Las historias fueron la herramienta más poderosa que tuve desde mis inicios como blogger de viajes. Empecé a mostrar todo lo que pasaba y me divertía muchísimo. Cualquier persona que quisiera, en cualquier lugar del mundo, podía ver lo que comía, lo que hacía, con quién estaba, lo que me pasaba… Me sentía más conectada que nunca con todos. 

Pero internamente sabía que no era así. Sabía que eso era una realidad ficticia, que todo eso era un simple escenario y yo estaba actuando el papel más absurdo de mi vida. Sabía que las redes sociales, en este caso Instagram, me estaba absorbiendo pero no podía dejarlo. Era una droga que me hacía más y más dependiente con cada like, con cada comentario, con cada nuevo seguidor. 

Sí, formaba parte de mi trabajo pero había tocado fondo. Durante 2018 pasé más tiempo intentando conseguir nuevos seguidores y más likes que realmente escribiendo. Me cansé de bajar aplicaciones que me mostraban quién me dejaba de seguir y me preocupé más por vivir la vida de otras personas que la mía propia que, dicho sea de paso, solo parecía vivirla para mostrársela a los demás. 

Algo tenía que cambiar, era consciente de eso pero no sabía cómo lograrlo. Y entonces apareció la pausa que necesitaba. El 10 de octubre empezó mi segundo curso de meditación Vipassana, un curso de 10 días donde iba a estar a solas conmigo misma: sin conexión a internet, sin una pantalla cerca, sin lápiz o papel, sin nada para leer y completamente en silencio. 

Fue algo así como un centro de rehabilitación en el que me desintoxiqué por completo. Los primeros días no paraba de pensar en cómo iba a contar todo lo que estaba viviendo ahí adentro. No quería olvidarme de ningún detalle para que mis stories pudieran reflejar todo lo que realmente me pasaba en cada segundo de meditación. Era absurdo: estaba ahí para conectarme conmigo y sin embargo estaba completamente desconectada con lo que me pasaba porque mi mente estaba más preocupada en conectarse con los demás. 

No sé exactamente en qué momento hice el click. No sé si fue durante una meditación, durante mis horas de sueño o mientras miraba el techo rogando que las horas pasaran más rápido. Sí sé que durante uno de los discursos que escuchaba al final del día, el maestro S. N. Goenka, habló sobre el ego y yo no pude dejar de pensar en cómo las redes sociales alimentaban la peor parte de mí.

A Twitter ya la tenía enterrada, Facebook la usaba más que nada para seguir en contacto con gente que no veo hace mucho tiempo, pero Instagram… Instagram solo servía para hacer crecer mi ego. Qué la cantidad de seguidores, que éste me dejó de seguir, qué este otro tiene más followers que yo, que no llego a la cantidad de likes que quiero, que mirá quién apareció en mi live… tantas cosas que yo creía importantes y que en verdad no le aportaban absolutamente nada positivo a mi vida.

Instagram, para mí, es la red social en la que todo es una mentira, en la que abundan las sonrisas falsas, las poses preparadas, los vestidos floreados y la perfección que en verdad no existe. Y lo peor de todo es que todos somos conscientes de eso, pero son esas cosas las que queremos ver. Porque queremos ver el día a día de los demás, pero no le damos like a una mujer barriendo el piso (a menos que sea una celebridad, claro) como sí se lo damos a alguien que pretende estar viviendo la vida perfecta mientras se toma un licuado de coco bajo una palmera. Yo no lo hago, vos no lo hacés, nadie lo hace.

La vida no es perfecta, ninguna vida es perfecta, pero nuestro comportamiento en las redes sociales nos quiere hacer creer que sí, que hay una vida mejor que la nuestra. Porque no importa lo que estés haciendo, siempre va a haber alguien que esté haciendo algo mejor que vos.

Entonces, cuando caí en la cuenta de todo eso, decidí alejarme. Ya no quería que mi carta de presentación fuera “Hola, soy Maru y soy una adicta a las redes sociales”. Necesitaba escapar de eso, necesitaba desconectarme para volver a conectarme conmigo. Suena irónico, pero es así: la desconexión conecta.

Las redes sociales siguen y seguirán siendo parte de mi trabajo, eso es algo que no va a cambiar por ahora; pero lo importante es que soy consciente de cuáles son mis límites y mis prioridades. Y sin dudarlo, puedo asegurar que ni Facebook, ni Twitter, ni Instagram ni mucho menos estar pendiente de la vida de los demás más que de la mía, forman parte de ellas. 

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Por qué decidí alejarme de las redes sociales. Una reflexión sobre el uso y comportamiento de las redes sociales en base a mi propia experiencia.


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2 Comentarios

Jani febrero 11, 2019 - 10:04 pm

¡Me ha encantado! Me siento muy identificada… hace un par de meses también tuve mi momento de desconexión en el que no me interesaba mostrar lo más mínimo de mi vida privada. No podía estar constantemente viviendo por y para instagram, para mis stories… perder tanto tiempo de mi vida sólo para ganar unos likes o unas visualizaciones más, que dicho sea de paso, no me aportaban nada positivo, más bien algo negativo, ya que nunca conseguía mi objetivo. Las redes sociales son un arma de doble filo y creo sinceramente que esta moda del postureo antes o después caerá… y si no, tiempo al tiempo. Las redes sociales en general e Instagram en particular alimenta tu ego, sí, pero también crean una dependencia brutal. Me alegro de que te “desintoxicaras”, y por supuesto, me alegro de tenerte de vuelta ❤️

Responder
Maru Mutti febrero 11, 2019 - 10:12 pm

Mi Jani! Si habremos tenido charlas respecto a las malditas redes, eh! Tremenda arma de doble filo!
Te quiero y te extraño, gracias por estar siempre pese a los miles de kilómetros que nos separan!

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