Una de las cosas más difíciles es despedirme de Wayan, porque a diferencia de los demás, él no entiende que no lo estamos abandonando o que no nos estamos yendo porque dejamos de quererlo. Mucha gente me dijo que no me preocupe, que mientras tengan su plato de comida y su fuente de agua, los gatos están bien, pero qué quieren que les diga, a mí con eso no me convencen.

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Es que Wayan no es un gato normal, él tiene tantas cosas de perro que eso de que lo único que le va a importar es su territorio y su alimento no me termina de cerrar. Wayan se nos queda mirando de lejos con carita triste cuando nos vamos y nos hace fiesta cuando llegamos; se acuesta con nosotros y hasta a veces, nos dormimos abrazados; nos acompaña hasta al baño (literalmente) y es nuestra compañía en cada segundo del día. ¡Ni siquiera puedo pasar un rato largo sin nombrarlo o pensar en él!

Sí, pueden tratarme de loca si quieren pero Wayan, para mí, es mucho más que una mascota. En cierta forma, los tres formamos nuestra familia, nuestro nidito y saber que lo vamos a tener lejos por tanto tiempo y que él ni siquiera entienda el por qué, me parte al medio.  No puedo evitar imaginarme millones de situaciones diferentes en las que él nos va a extrañar, ya se acostumbró a nuestra rutina, a nuestros permisos y a nuestros retos y aunque él va a seguir siendo el rey de la casa también tiene que volver a empezar de cero.

No voy a decirles que estoy preocupada porque la verdad es que lo dejo en buenas manos, nada menos que con mi mejor amiga, mi hermana del alma, pero no me pidan que no me ponga triste o piense que a él no lo va a afectar. Wayan odia los cambios, no los de lugar porque en eso salió a los padres, pero sí los que pasan en su propio territorio. Cuando Nico se mudó con nosotros no sólo rompió todas las plantas que tenía cerca, sino que además le hizo la vida imposible. Al principio se “odiaban” y llevó un buen tiempo que se acostumbraran a vivir uno con el otro, y ahora pasa un poco lo mismo.

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En realidad, Wayan empezó a percibir algo hace ya unas semanas. Otra vez se puso revoltoso, tuve que volver a vaciar la casa de plantas porque empezó a romperlas de nuevo y hasta nos rompe los sellos del baño. Cuando empezamos a ordenar y guardar las cosas del departamento, nos miraba con cara de “¿qué está pasando acá?” y se mete adentro de todo, de las cajas, de las bolsas, de las mochilas con las que vamos a viajar… No me digan qué eso no los ablanda un poco, porque yo lo quiero cargar adentro y llevármelo conmigo.

Pero sé que no se puede y sé que él va a estar acá esperando por nosotros cuando volvamos, porque aunque muchos crean que no piensan, que no entienden, nosotros sabemos que sí y le hablamos, le contamos por qué estamos haciendo esto y cómo en algún momento vamos a volver para estar juntos los tres de nuevo y apretujarnos hasta que él nos lo permite como lo hacemos ahora.

Este post pertenece al juego “Días de Abecedario” (Dinámica Creativa de Caminomundos), un post centrado en una palabra por cada letra del abecedario. Para ver el desarrollo completo de mi desafío podes hacer click acá.

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