Elegí vivir de viaje, no estoy de vacaciones

Vivir de viaje y estar de vacaciones no es lo mismo. Puede que para algunos suene que sí, pero les aseguro que el concepto vacaciones y viaje no siempre van de la mano. Yo elegí vivir de viaje y ciertamente no estoy de vacaciones, aunque a veces no todos lo entiendan.

Cuando trabajaba de lunes a viernes (y a veces hasta sábados) en una oficina de 9 a 18 también solía relacionar erróneamente los conceptos “viajes – vacaciones” y esto tiene que ver con que nuestro cerebro de alguna manera se programa para creer que solo se puede viajar durante los quince días que el calendario laboral nos permite. Bueno, en mi caso pensaba todo el tiempo en los viajes, pero aún así muchas veces tenía que resignarme a la idea de soñar con esas benditas dos semanas en 365 días.

Y es por eso que elegí cambiar mi vida. Porque a mi catorce días (nos inventamos uno para hacernos sentir mejor) no me alcanzan. No solo para viajar. No me alcanzan para vivir la vida que quiero vivir. Por eso viajo.

por que viajar

Pero he aquí la cuestión y lo que quiero (y necesito) remarcar: vivir de viaje no es más que vivir, de otra forma pero vivir. Y como cualquier otra forma de vida, tiene sus cosas lindas y sus cosas no tan lindas. Cuando agachaba la cabeza y me resignaba a sentarme ocho horas por día durante seis días a la semana frente a un escritorio de un trabajo que no tenía nada que ver conmigo, disfrutaba los catorce días que tenía de vacaciones para relajarme, descansar, disfrutar y divertirme. No tenía que preocuparme por generar ingresos porque a la vuelta mi trabajo monótono de siempre me estaba esperando. Ni tenía que pasarme horas haciendo cuentas para estirar el presupuesto. Y les juro que tampoco sufría porque no había nada que realmente tuviera ganas de comer. Tampoco extrañaba. No tenía tiempo. Quince Catorce días no son suficientes para extrañar nada. Salvando algunas situaciones excepcionales, todo lo que dejamos durante nuestras vacaciones va a estar en el mismo lugar al volver.

Pero vivir de viaje es otra cosa. Vivir de viaje implica otras cosas. Cuando vivís de viaje necesitás ingeniártela para sustentarte en el camino. Y no siempre es por plata. Estamos acostumbrados a que el trabajo solo es trabajo si a cambio recibimos dinero, y no es así. Desde hace dos años buscamos la manera de sustentarnos basándonos en el intercambio. Hay quienes trabajan en un hotel a cambio de horas de trabajo y otros que duermen ofreciendo otra clase de servicios. Nosotros por ahora siempre pertenecimos al segundo grupo. Seguramente muchos pensarán que es fácil para nosotros nombrar un hotel en las redes sociales y ponerle un banner en el blog a cambio de no pagar por la habitación, pero es que no están viendo todo lo que hay detrás.

Tener un blog de viajes y tomárselo en serio, no es soplar y hacer botellas. Tener un blog de viajes y tomárselo en serio implica mucha dedicación, trabajo, esfuerzo, horas de tener el culo pegado a la silla (o a la cama, o al piso, o al lugar que hayas encontrado para poder sentarte un rato a trabajar), de agarrarse contracturas tan fuertes que terminan convirtiéndose en vértigo – tan literal que cuando dormís parece que tu cama es un zamba -, de no entender una palabra de SEO pero igual hacer todo lo posible para que Google te adopte como su amiguito y te de un buen posicionamiento en la red, de sufrir porque el hosting se cae, porque WordPress se actualiza y tu web ahora no es más que una pantalla blanca con un error 500 que ni siquiera sabes de dónde sale, de tener que gastar (mucha) plata que no siempre llega a superar lo que te ahorraste en alojamiento.

Tener un blog de viajes es un trabajo por el que (casi) nadie te paga (salvo excepciones, no hay bloggers de viaje que vivan del blog solamente) pero por el que muchos te exigen. Aunque Bitácora Viajera nació por mi necesidad de combinar la escritura con los viajes, siempre me lo tomé como un trabajo. Trato de escribir contenido de calidad que le sirva a mis lectores, respondo los mails que me llegan con mucha dedicación y a veces ni siquiera recibo un gracias por respuesta y hasta he hecho Skype con gente que necesitaba ayuda por algún tema relacionado a sus viajes. Y sí, lo hice siempre gratis. Nunca recibí un centavo por eso.

Pero vivir de viaje no solo se trata de tener un blog. Yo empecé el blog antes de vivir de viaje – escribiendo sobre viajes anteriores – y le encontré la vuelta para que me sirva también como fuente de ahorro durante mi vuelta al mundo actual. Sin embargo, hay mucha gente que vive de viaje y no tiene un blog. Mi blog, podría decirse, es mi carta de presentación y el medio para el fin. Gracias al blog puedo conseguir escribir para otros medios o editar textos, y esos son trabajos por los que sí me pagan.

Vivir de viaje, otra vez, implica rebuscársela y sacar ideas desde lo más oculto de nuestra mente. Pero aunque suene super divertido, no siempre lo es.

Vivir de viaje implica hacer números. Todo el tiempo, en todo lugar. Mientras en mi vida normal en Buenos Aires los viernes a la noche podía relacionarse con pizza y cerveza, de viaje no tomo más que una por país – para probarla – y a veces ni siquiera eso. Los gustitos ya no son moneda corriente y aunque a veces tratamos de darnos uno por semana, desde hace varios meses lo venimos posponiendo hasta encontrar ese gusto que sí nos queremos dar.

Y es que un simple gustito puede traducirse en uno o dos o tres días de viaje más. Vivir de viaje implica resignar muchas cosas, dormir sobre resortes (a veces decir colchones sería una falta de respeto) y en ciertos lugares comer fideos instantáneos sin gusto a nada de almuerzo y cena para abaratar los costos (¡menos mal que muchos hoteles incluyen desayuno!).

Vivir de viaje no es perfecto como todos lo creen, es un modo de vida más. Es cierto que tal vez se suprimen preocupaciones como pagar los impuestos o tener que tomar el mismo colectivo repleto de gente en el que chivás más que si estuvieras corriendo una maratón para llegar puntual al trabajo, pero eso no quiere decir que no las haya.

Vivir de viaje es agotador también. La vida nómada suena genial, “hoy vivo acá, mañana allá, pasado quién sabe“, pero a veces tener una misma cama, una misma mesa y un mismo techo por un tiempito también. Hace unos meses padecí mi primera gran crisis como viajera. Me sentía asfixiada, sin ganas de nada más que llorar desconsoladamente todo el día. No entendía que me pasaba, por qué estaba sufriendo tanto si en definitiva estaba viviendo la vida que había elegido y sentí que había perdido mi espíritu viajero por completo. De verdad, no sabía que hacer. Hablé con Nico, hablé con amigos, hablé con mi mamá y todos me decían lo mismo: es lógico, viajar cansa. Yo no lo quería entender, ¿cómo podía ser eso posible? ¿Ya no quiero viajar más?

Y la respuesta era ambigua. Quería seguir viajando, claro. Todavía no estaba (ni estoy) lista para volver a Argentina. Pero también necesitaba parar. El movimiento, el sentido de no pertenencia, la no rutina me estaban enloqueciendo. LA NO RUTINA. Cuando hablaba conmigo misma (porque no pensaba, yo me hablaba o me escribía que es un poco lo mismo a veces) la Mariana de oficina se me cagaba de risa en la cara. Literalmente. “JA, mirate vos, que te llenaste la boca hablando porquerías de la rutina, ahora te quejás porque no tenés una“, me gritaba. Pero cuando me puse a pensar en frío me di cuenta de que yo sí tenía una rutina. Porque viajar a veces también se convierte en rutina. Diferente, pero rutina al fin. El problema era que en ese momento, yo quería otra rutina.

Soñaba con una habitación chiquita con una cama en la que despertarme todos los días sintiendo como el mismo rayo de sol me golpeaba la cara en el exacto mismo lugar. Soñaba con un escritorio (que podía ser una mesa también) en el que pudiera dejar mi computadora, mis cuadernos y mis lápices para colorear sin tener que preocuparme por guardar todo al día siguiente. Soñaba con sentarme a escribir todos los días en la misma silla que miraba a una ventana azul. Soñaba con una cocina, yo, que siempre odié cocinar, lo único que deseaba con todas mis fuerzas era tener una hornalla y un par de cacerolas donde poder prepararme la comida que quisiera comer, a la hora que tuviera hambre y sin tener que salir a la calle para alimentarme.

Soñaba con saberme los precios del supermercado de memoria y llenar un changuito para el próximo mes. Soñaba con vaciar mi mochila y poner la poca ropa que tengo en unos estantes que me hicieran más fácil no tener que repetir la misma remera por varios días. Soñaba con levantarme cada mañana y salir a correr (otra vez las ironías) para cargar energías que me impulsaran a escribir sin parar. Escribir, escribir, escribir. Toda mi crisis se relacionaba con la posibilidad de tener tiempo para escribir.

¿Tener tiempo?, se estarán preguntando. Sí, es que vivir de viaje tampoco significa que tenes tiempo para hacer todo lo que tenes ganas de hacer. De viaje o trabajando el día sigue teniendo 24 horas y a veces no es suficiente. Estando de viaje me siento en la obligación de tener que salir y ver qué pasa allá afuera. Es como que hacer algo turístico sea esencial si estás en un lugar que no sea tu casa. “¿Y hoy que van a hacer?“, “¿Cómo la pasaron?“, son preguntas a las que a veces no sé que responder. No siempre hacemos cosas. Es más, mientras escribo esto se están cumpliendo 26 horas de trabajo intenso frente a la computadora. Hace dos días que no vi nada, incluso ayer ni siquiera salí a comprarme algo para almorzar. No me estoy quejando, al contrario, estoy demostrando que vivir de viaje no significa que todo el tiempo esté recorriendo, visitando o conociendo gente.

A veces de viaje las relaciones sociales también se pierden. Y no me refiero al hecho de que ahora no estoy conociendo a nadie interesante por ahí porque estoy sentada escribiendo. No, me refiero a las relaciones sociales de siempre, a la que formaron parte de nuestra vida anterior. La distancia afianza las relaciones pero también las debilita. Lo bueno es que después de un tiempo sabes quienes te quieren solo porque estás cerca y podes compartir un mate o una charla face to face y quienes te quieren de verdad. Agotar pavas de mates con amigos y las reuniones en familia son las cosas que más se extrañan. Ver crecer a mi sobrino a pasos agigantados por Skype es matador.

Eso es vivir de viaje. Es elegir un modo de vida en el que los sacrificios son enormes y eso no muchos lo entienden. Estoy feliz de haber elegido esta vida de viaje y ojalá pueda seguir manteniendo este estilo de vivir por mucho mucho tiempo más – así sea con viajes cortos cada unos meses, pero sabiendo que tengo posibilidad de decidir sobre mis tiempos y sobre mi vida -, pero no me vengan con que vivir de viajes es estar de vacaciones porque no. Les juro que no tiene nada que ver.

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8 comments

  1. Stefania 7 febrero, 2017 at 03:54 Responder

    Me siento totalmente identificada, gracias por poner en palabras eso q uno a veces no sabe como expresarlo.
    Te abrazo desde Nueva Zelanda.
    Saludos

  2. Mario 28 septiembre, 2017 at 11:43 Responder

    Excelente! Yo también viaje-viví por periodos largos y, aunque nunca me cansé, sentí en ocasiones las mismas nostalgias que tú viviste. Gracias y junto a la escritora Rebeca Marsa te leemos con gusto. Mario

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