Mi primera vez con los canguros

Empecé a imaginar cómo sería estar frente a frente a un canguro desde antes de salir de Buenos Aires. Supongo que es algo que todos los que viajan a Australia tienen en la cabeza, por algo nos referimos a este lugar como “el país de los canguros”, ¿no? Unos días antes de partir, casi por casualidad, me enteré que había un parque, no muy lejos del centro de Sidney, en el que podías disfrutar de estos animalitos sin tener que pagar un centavo y, lo que es mejor, viéndolos completamente libres (la idea de ir a un zoológico sólo para poder verlos me parecía totalmente ridícula así que no estaba en nuestros planes).

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El parque Morisset no es un lugar abierto común y corriente, sino que se trata de un espacio verde gigante donde se encuentra ubicado un hospital psiquiátrico y, como “bonus track”, se pueden encontrar cientos de canguros viviendo en los alrededores. Así que no vayan pensando en encontrarse con una plaza, niños jugando y banquitos para tirarse a descansar al sol porque les prometo que no van a encontrar nada de eso.

Cuando llegamos a la estación de trenes de Morisset nos encontramos con que, pese a ser un lugar bastante popular para los viajeros que quieren ver canguros estando en Sidney, la señalización para llegar hasta el parque del hospital era prácticamente nula.Lo único que llegamos a saber con certeza era que debíamos cruzar el puente para ir del otro lado de la estación y de ahí en más, la mejor opción era seguir nuestro instinto.

Al salir de la estación nos encontramos con una calle asfaltada que se extendía a nuestros laterales y un camino de tierra que empezaba frente a nosotros. Apenas empezamos a preguntarnos para dónde debíamos arrancar, vimos que una chica (adolescente, de no más de 16 años) salía de una casa así que creíamos que era la oportunidad correcta para consultarle. Nos llevamos una desilusión muy grande cuando vimos que a la chica le importó muy poco escucharnos y se fue corriendo a encontrarse con su amigo/novio que estaba parado prácticamente al lado nuestro.

Decidimos ir por el camino de tierra porque así nos lo mostraba el GPS del celular, pero después de caminar por unos 20 minutos por calles completamente embarradas y en algunos casos inundadas nos dimos cuenta de que no estábamos yendo en el camino correcto. De repente, cuando ya no podíamos avanzar hacia ningún lado porque el agua tapaba todos los caminos, nos dimos cuenta de que había gente caminando del otro lado de los árboles. Decidimos acercarnos lo más posible hasta que pudimos hablar con la mujer que intentaba que sus perros vuelvan con ella en lugar de querer seguirnos a nosotros. A diferencia con la chica que nos habíamos cruzado al principio, la mujer fue muy amable y nos indicó que debíamos salir de allí, llegar nuevamente a la calle de asfalto y doblar hacia nuestra derecha hasta que encontremos el cartel de señalización que indica el camino al hospital.

Y eso fue lo que hicimos. Según lo que habíamos leído (y lo que mostraba el maldito GPS que, claramente, no estaba en su mejor día) no tendríamos que caminar más de 30 minutos para llegar al bendito parque pero los primeros 15 minutos los necesitamos para llegar hasta el cartel y yendo a paso rápido. Pero, más allá de eso, no les puedo explicar la sensación que sentí al ver ese cartel milagroso que indicaba que ¡definitivamente íbamos a ver canguros!

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Ya era casi mediodía, el sol empezaba a pegar con más y más fuerza y sabíamos que todavía teníamos un laaaaargo camino por delante. Los 30 minutos que nos decía el celular eran, ahora, 4 kilómetros para llegar a ver a los canguros, una caminata eterna. Pero tuvimos suerte. No sé si fueron nuestras caras rojas de calor y cansancio o si irradiábamos nuestra ilusión de ver a los canguros lo antes posible, pero cuando parecía que el camino iba a ganarnos, apareció un auto, frenó y nos invitó a subir acompañado por un “it’s a looong way to to walk” (es un largo camino para caminar). Gracias al segundo australiano amable del día, tardamos no más de 5 minutos en estar parados frente a los animales típicos de Australia. Y, como si fuera poco, con un bonus de estar completamente solos con ellos. Mientras íbamos en el auto, pasamos un primer campo lleno de canguros, pero también repleto de gente, por lo que el hombre nos explicó que iba a llevarnos a un lugar donde estuviera más tranquilo y que, en caso de que no estuvieran los canguros ahí, nos volvería a llevar donde los habíamos visto antes.

Tuvimos suerte porque no había ni uno o dos canguros, había por lo menos una decena o más de ellos y los teníamos todos para nosotros. ¿Qué les puedo decir de este momento? Me invadió una felicidad tan grande que me parece que aún no lo puedo creer (de hecho, mis ojos se siguen iluminando cuando escucho la palabra “canguro” como desde antes de haberlos visto).

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Al principio les teníamos… ¿miedo? ¿respeto? No estoy segura de que era exactamente, pero no teníamos idea de cómo podían reaccionar y teníamos que conocerlos un poco primero. Si nosotros nos acercábamos dos pasos, ellos avanzaban tres y no estábamos seguros de si era en carácter amigable o si era una invasión de territorio de la que ellos se querían defender. Así estuvimos un buen rato. Avanzando, retrocediendo, avanzando de nuevo. Hasta que empezamos a animarnos a tenerlos más cerca. Pero todavía no tanto. Algunos ni se percataban de nuestra presencia. Simplemente dormían al sol o nos miraban relajados como diciendo “miren que vida más tranquila tengo”. Cualquier similitud con la actitud de cualquier ser humano acostado en la arena de una playa, es pura coincidencia.

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Empezaron a aparecer las mamás canguros con sus bebés dentro de la bolsa y algunos de los más pequeñitos se animaban a salir. ¡Y a entrar! Nunca en mi vida imaginé que la bolsa de los canguros podía ser tan grande. Es increíble ver con los bebitos se meten ahí adentro, es algo que jamás había imaginado ver.

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Ya empezábamos a tener más confianza y nos fuimos acercando cada vez más. Pero todavía faltaba la prueba final: darles de comer. Mucha gente nos decía que teníamos que llevarle pan lactal porque a los canguros les encanta, pero también leímos (e incluso hay carteles alertando) que esto los mata No les hace mal, directamente los mata. Evidentemente el organismo de los canguros no puede procesar este alimento y termina con un final fatal para ellos. Por suerte, leímos a tiempo que hay algo que también les gusta mucho y no les hace mal en absoluto: los cereales de maíz.

De a poquito empezamos a tantear cómo era eso de darles de comer de tu propia mano como si fueran la mascota de tu casa y nos sorprendimos de lo suaves que eran para buscar la comida. Al ver que uno o dos estaban siendo beneficiados, el resto de los canguros empezó a acercarse en busca de su “premio” y de repente, teníamos a todos a nuestro alrededor.

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Tengo que decirles que fui un éxito rotundo y total con los canguros. Uno me agarró la mano de la misma forma que lo hubiera hecho Wayan, mientras disfrutaba de los cereales que tenía para él. Mientras tanto, dos más se me acercaron pidiéndome lo suyo y cuando se me acabaron, uno de ellos se me tiró literalmente encima pidiéndome que por favor no me vaya. Bueno, se le escapó un rasguño cariñoso pero les juro que me estaba pidiendo que me quede con él  😛 .

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Pasamos un buen rato con ellos hasta que el estómago empezó a crujir y decidimos apartarnos un poco para poder armar los sandwichitos del almuerzo. Encontramos una mesita de picnic en las inmediaciones del hospital y no lo dudamos. No había nadie alrededor y se veía como el lugar perfecto, excepto por un detalle que no tuvimos en cuenta: en Australia los pájaros son de temer. Apenas abrimos las mochilas se nos acercaron en grupo para acechar lo que teníamos para comer. Nos miraban fijo y hasta se nos ponían a centímetros nuestro, casi que los podíamos tocar.

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Obviamente, no duramos ni cinco minutos ahí así que fuimos en busca de un lugar mejor. Resulta que a sólo unos metros de ahí estaba la zona especial para “barbecues” así que no tardamos mucho en encontrar un nuevo lugar. Apenas ubicamos una mesita, nos acomodamos y nos dimos cuenta de que a menos de 100 metros estaba celebrándose un casamiento privado, así que como bonus fuimos testigos silenciosos de la boda entre un hombre bastante mayor y una asiática bastante joven.

Nos quedamos ahí hasta que terminó la celebración y luego emprendimos el largo camino de regreso a Sidney. Tengo que confesarles que de no haber sido por el hombre que nos acercó con su auto, creo que para la hora de la vuelta recién hubiéramos estado llegando a encontrarnos con los canguros y para la hora que estábamos de vuelta en Sidney disfrutando de los fuegos artificiales en el Darling Harbour recién hubiéramos estado empezando a caminar para volver. Lo que quiero decir, por si no me están entendiendo, es que el camino es infernalmente largo, así que si van lleven algo cómodo para caminar y mucha, mucha agua!

Cómo ir desde el centro de Sidney hasta el Parque Morisset

La buena noticia es que Morisset tiene su propia estación de tren y que a diferencia con el camino para llegar hasta el hospital, este es muy sencillo. El camino que les voy a mencionar ahora es partiendo desde Central St., pero si van a salir desde otro punto de Sidney lo único que tienen que agregar es el trayecto que los lleve hasta acá. Por ejemplo: Nosotros salimos desde la estación Wynyard y nos tomamos, desde la plataforma 3, la lína “North Shore and Northern” que nos llevó hasta Central y desde ahí seguimos todo el camino cómo se los voy a contar ahora.

Una vez que están en Central St tienen que buscar la plataforma que sale para la línea “North Sydney” vía “Homebush”. En ese recorrido tienen que bajarse en la estación Strathfield (como referencia, pueden tener en cuenta que la parada anterior es Burwood y que el destino final suele ser la tercera parada – a menos que sea un servicio con paradas intermedias, aunque es raro-) y ahí hacer combinación con la línea “Newcastle Line”. Este será el camino más largo, así que pueden relajarse y disfrutar del camino porque tenemos un largo viaje por delante hasta llegar a la estación Morisset.

El viaje de Sidney a Morisset sale 14,80 dólares australianos ida y vuelta de manera particular, aunque si se tiene la tarjeta Opal o la MyMulti (son tarjetas de transporte de las cuales ya les contaré más adelante en algún post) el viaje es más barato.

Información actualizada al 10 de julio de 2016 (¡Gracias Marisa!): Ahora desde la estación de tren hay un transfer que por 3 dólares por persona te lleva derechito hasta el parque. Si te querés ahorrar la caminata, ya sabes!

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13 comments

  1. Barb 13 diciembre, 2014 at 14:45 Responder

    buenísimo post!!!!! que de cosas pasaron ahí!! jaja. las fotos geniales!! y menos mal que el buen hombre los llevó y pudieron disfrutar de todoo!!!! 🙂

  2. Alexis Arce 15 diciembre, 2014 at 16:52 Responder

    Awww se ven turbo tiernos, ha de ser padre poder ver animales que solo hemos visto en la tele, en fotos y así, me encantaría tener todas esas experiencia con mi Membresía Fiesta Americana Vacation Club que hasta ahora me ha resultaod genial.

  3. Francisco Ortiz 21 diciembre, 2014 at 19:16 Responder

    Que linda experiencia!! Las fotos está muy buenas, me dieron terribles ganas de irme a Australia jaja (en realidad sumaron más puntos a la idea que ya tengo de irme para allá pronto). Gracias por la info tan detallada!
    Saludos viajeros!

  4. jorge carrizo 12 febrero, 2015 at 01:50 Responder

    hola chicos! estuve leyendo su blog 🙂 soy jorge el novio de florencia la admin del grupo de watsapp Australia 2015 😀 les paso a dejar mis saludos y muy bueno el blog! Un abrazo! nos hablamos!

  5. Gianna Caffera 25 marzo, 2015 at 01:04 Responder

    Me encantoo!!! divinas fotos sacaron! que hermosa experiencia! Gracias Mariana por todos estos post con tips y ayudas!!!

  6. Marisa 10 julio, 2016 at 06:35 Responder

    Excelentes y útiles recomendaciones, somos de Mendoza Argentina y fuimos a Morriset experiencia única los niños encantados. AhorA hay una n transferir que por tres dólares por persona te lleva al parque desde la estación!,,

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