Los 8 aeropuertos que más recuerdo y por qué

Hoy estábamos hablando con Nico sobre aviones, vuelos, escalas y aeropuertos y me di cuenta de lo poco que a veces le damos importancia a esos lugares que, a veces, terminan siendo un poco nuestra casa. ¿Quién, durante un viaje largo o para abaratar costos, no durmió alguna vez en un aeropuerto? Algunos tienen cosas que te parecen geniales, o que los recordás por lo cómodos (o incómodos) que son y otros pasan desapercibidos por completo. Me puse a pensar un poco más y comencé a hacer memoria. ¿Cuáles son los aeropuertos que se me vienen a la cabeza? ¿Por qué los recuerdo? Y de ahí, nació este post descontracturado que habla de esos lugares que ven pasar cientos y cientos de historias al día, al mes, al año, esos lugares que guardan llantos de despedida y abrazos de bienvenida. Estos son los 8 aeropuertos que más recuerdo y por qué.

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Aeropuerto Internacional de Abu Dhabi

A primera vista me sentí adentro de un cuento. A esta altura, y pensándolo bien, creo que tengo algo con la película de Disney Aladdin, porque mientras escribo esto me doy cuenta de que la primera vez que tuve la sensación de estar cerca del genio de la lámpara no fue en Brunei sino en este aeropuerto. La decoración árabe me volvió loca, todo es tan lindo, diferente, tan brillante que encandila. Aunque no fue por eso que elegí este como uno de los 8 aeropuertos que más recuerdo, sino por la comodidad de su sala de embarque. Acá no se puede hablar de sillas porque estaría siendo muy injusta con esos asientos que son más bien sillones reclinables en los que podría pasar noches enteras durmiendo. Les juro que son mucho más acolchonaditos que varias de las camas en las que tuve que dormir durante mis viajes.

Aeropuerto Changi de Singapur

Cualquiera que haya pisado alguna vez el aeropuerto de Singapur sabe que es un “must” en cualquier lista. No por nada salió elegido en primer lugar en el estudio de los mejores aeropuertos del mundo que realizó eDreams, ¿no? Changi es simplemente increíble: tiene pileta, jardines varios, salas de cine, un tobogán de 12 metros de altura y muchas cosas más. Lamentablemente, todavía no tuve la oportunidad de usar esos servicios pero lo que sí me volvió loca de amor fueron las sillas de masajes ¡totalmente gratis! No se imaginan lo agradecidos que estaban mis pies cuando las encontré. Si todos los aeropuertos fueran iguales creo que podría adoptarlos como mi casa. Vuelvo pronto, esperame Changi!

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Foto: Adam Gerritsma

Terminal Doméstica del Aeropuerto Internacional de Tribhuvan de Kathmandú, Nepal

Creo que hasta que llegué al aeropuerto doméstico de Kathmandú no era del todo consciente de lo que implicaba estar en Asia. Es tan caóticamente hermoso que todavía me puedo ver sentada entre cajas y bolsas de plástico de los nepalíes que viajaban de un lado al otro del país. La sala – que no era demasiado grande – parecía la de cualquier oficina pública de Buenos Aires (o por lo menos de las que recuerdo haber visto), con mucha gente yendo y viniendo, barullo y caos. Fui para tomarme un avión a la ciudad de Pokhara – aunque en realidad era una avioneta y creo que los pasajeros se podían contar con los dedos de las manos – con un billete de avión escrito a mano y con papel carbónico. Lo más loco, para mí, fue que como llegué antes – eso de toda la burocracia de los aeropuertos no funciona igual en éste –  me dejaron subir al vuelo que salía mucho más temprano así no me hacían esperar tanto para el mío.

Terminal Doméstica 3 del Aeropuerto Internacional Kingsford Smith de Sidney, Australia

Hay dos cosas que recuerdo de este aeropuerto: el frío que pasamos durante la noche y el self check in – drop baggage. Primero lo primero, fuimos a la terminal doméstica en el último bus que llega durante la noche porque nuestro vuelo era antes de que empiece el primero a la mañana. Teníamos que pasar la noche ahí y aunque era ya 20 de octubre, hacía frío. Estábamos listos para instalarnos y dormir aunque sea un rato cuando nos enteramos que el aeropuerto no permanece abierto durante las 24 horas. Sacamos todas nuestras cosas afuera y como pudimos nos acomodamos en uno de los banquitos que están en la entrada. Obviamente, no nos alcanzó la ropa que teníamos en las mochilas para soportar los mínimos grados que hacían ahí afuera y no dormimos absolutamente nada. Lo bueno fue que aproximadamente media hora antes de la hora oficial de apertura una persona encargada de la seguridad del aeropuerto nos abrió para dejarnos entrar y no encontrarnos escarchados cuando tuviera que abrir las puertas.

Lo otro me pareció simplemente genial. Es lo más práctico que vi hasta ahora y ahorra una buena cantidad de tiempo. Cuando fuimos a buscar los mostradores para hacer el check in nos encontramos con que no había ninguno. Lo que sí había era varias de esas máquinas que ahora se pueden ver en varios aeropuertos para imprimir el web checkin pero que además, imprimía el código que va pegado al equipaje. La cosa es que cada uno tiene que imprimirse sus cosas, así como hacer su propio check in, y después pasar a dejar la mochila/valija/o lo que sea con que viajes a las cintas que están en la misma sala. Una vez hecho esto, el proceso está terminado y estás listo para embarcar. ¡Un lujo! Lo mejor es que cualquier duda que tengas de cómo funciona el sistema o lo que se te ocurra, podes preguntarle al personal de las aerolíneas que igualmente están trabajando en el aeropuerto.

KLIA, Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur, Malasia

¿Será muy exagerado decir que el KLIA, dentro de la categoría aeropuertos, es como mi casa? No sé si tiene algo de especial o no, pero sobrevivir a 20 horas primero y 12 horas después sin morir del aburrimiento es mérito más que suficiente para aparecer en esta lista. Lo mejor de todo es que ninguna de las dos veces en las que prácticamente me sentí Viktor Navorski fueron a causa de una escala. La primera vez fue cuando hice la conexión Bali – Kuala Lumpur – Roma con vuelos independientes que tenían una diferencia de 20 horas en los que no pretendía volver a la ciudad que ya conocía donde no iba a poder hacer demasiado por el peso de la mochila. La segunda fue cuando volvimos a Buenos Aires en diciembre. Nuestro vuelo era a la noche y teníamos que hacer el check out del hostel a las 11 de la mañana. Veníamos muy cargados porque teníamos ropa del invierno en Australia así que aprovechamos que a la mañana temprano estaba fresquito para sacarnos de encima el trámite de mover las mochilas de un lado a otro y nos fuimos al aeropuerto (¿o habrá sido la ansiedad?).

Aeropuerto Schiphol de Ámsterdam, Holanda

Cada vez que mi papá me dice que Schiphol es un aeropuerto increíble yo siento que me perdí de algo. No sé si cuando fui yo todavía no estaba tan modernizado como cuando fueron ellos o fue que todas las otras cosas que me hacen recordarlo bloquearon lo demás. Para mí Schiphol es sinónimo de alarmas. Nunca me voy a olvidar el mal momento que pasé cuando me tocó caminar por el detector de metales. Cada vez que pasaba el biiiip me hacía retroceder. Me pasaron el escáner no sé que cantidad de veces y no podían encontrar qué era lo que hacía sonar la alarma. No tenía monedas en los bolsillos, ni celulares, ni nada. Les dije que tal vez era el piercing (a una amiga se lo habían hecho sacar en este mismo aeropuerto porque hacía saltar la alarma), pero me dijeron que no. Tampoco eran los aros y ni siquiera recuerdo si en ese momento estaba usando anillos. Después de un rato, nos dimos cuenta de que el maldito biiip era consecuencia ¡de los invisibles que tenía en el pelo!

Aeropuerto Internacional Gustavo Rojas Pinilla de la Isla de San Andrés, Colombia

Lo primero que se me viene a cabeza cuando pienso en el aeropuerto de San Andrés fue como mi valija quedó revuelta en menos de dos minutos. Nunca me había pasado antes – y a decir nunca me volvió a pasar después – que en un aeropuerto me revisaran el equipaje de la forma que lo hicieron en la isla. Me acuerdo que apenas bajar del avión y buscar nuestras cosas nos hicieron pasar en fila por una mesa larga donde teníamos que poner la mochila. Ahí, las abrían y literalmente te sacaban todo, absolutamente todo, lo que llevabas adentro y cuando se daban cuenta de que no tenías nada sospechoso pasaban a la siguiente persona, dejándote todo así nomás, desorganizado y fuera de lugar. Básicamente, tuvimos que volver a armar nuestras valijas en esa misma sala antes de poder salir del aeropuerto. Según nos enteramos después, esta es una de las pocas formas que tiene la isla para controlar el ingreso de drogas que suele ser frecuente sobre todo por vía marítima.

Aeropuerto Internacional Atatürk de Estambul, Turquía

Pienso en el aeropuerto de Estambul y se me hace agua la boca. La cantidad de sandwiches de toda clase, tamaño y colores que venden ahí es impresionante. Las dos veces que tuvimos escala en Turquía fueron posteriores a un vuelo largo en el que nos llenaron de comida y estábamos que explotábamos y creo que eso fue lo que salvó nuestra economía. De haber llegado con las panzas un poco más vacías hubiera atacado más de un puestito seguro! Lo único “malo” de este aeropuerto es que nos resultó prácticamente imposible encontrar conexión gratuita a WiFi y una de las salas de embarque que tuvimos no era ni siquiera una sala sino que estaba perdida entre medio de bares, restaurantes y cafés.

Bonus Track

Aeropuerto Internacional de Ezeiza en Buenos Aires, Argentina

El de Ezeiza es un aeropuerto especial. No porque hayamos pasado una noche entera intentando dormir sin poder por el frío polar que hacía en pleno verano o la música a todo volumen a las tres de la mañana. Tampoco porque es el aeropuerto que me vio salir de viaje por primera vez sola o el que fue la puerta de salida de tantos sueños de la mano de Nico. El aeropuerto de Ezeiza es especial porque es el último lugar donde le di un abrazo a mi familia antes de emprender esta tercera etapa en nuestra vuelta al mundo y también es el lugar donde le di el primer abrazo a mi sobrino, ese que había esperado por casi 10 meses.

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¿Hay algún aeropuerto que recuerdes más qué otro? ¡Contame por qué!

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