L de Llorona

Estos últimos días los estoy pasando entre la risa y el llanto. No sé si en partes iguales o no, lo que me doy cuenta es de que lloro más que nunca. Lloro si no tengo ni ganas de salir de la cama, pero también si voy de paseo. Lloro si tengo hambre y también porque no paro de comer. Ayer, por ejemplo, estallé en un llanto desconsolado porque el celular se puso en contra mío y no sólo me hizo escribir algo 50 veces (¡con lo que me cuesta el touch!) sino que terminó ganándome por cansancio. Así estoy todo el día, toda la noche, a cada segundo. Soy una auténtica llorona.

llorona
Foto: Pinterest

Igualmente, no puedo decir o justificarme con que esto es parte del proceso previo a este gran viaje. Llorona fui, soy y seré toda mi vida (y otras tantas cosas más que ya les conté). Cuando era chica, y también lloraba todo el tiempo y por cualquier cosa, mi abuelo me rebautizó como “Lulú“. Nunca estuve muy segura de si ese sobrenombre tenía algo que ver con una persona que llora mucho (¿algún personaje de televisión tal vez? ¿sería algún personaje que mi abuelo inventó en sus tantos textos escritos?), pero si escucho que a alguien lo llaman por ese apodo, automáticamente lo asocio a una persona bañada en lágrimas.

Pero más allá de que ser una llorona forma parte naturalmente de mi personalidad, creo que sí está potenciada por este nuevo desafío en mi vida. Lloro por ese estado de ciclotimia constante, por la ansiedad, los nervios, por las ganas de irme mañana mismo pero también de no perderme todas las cosas que están por venir en Buenos Aires. Lloro por la felicidad que me genera este sueño que está a punto de cumplirse y por la nostalgia de todo lo que dejo acá. Lloro porque es la mejor forma de dejar fluir los sentimientos, porque me prometí a mi misma no reprimirme nada y porque sé que nadie me cuestiona por eso.

Lloro por las despedidas que ya empezaron y por las que están por venir. Lloro porque me di cuenta de que odio la palabra despedida, pero que también es una de las principales en el vocabulario de un viajero. “El que está acostumbrado a viajar sabe que siempre es necesario partir algún día“, dice la frase de Paulo Coelho que habla de esa maldita palabra sin mencionarla. Despedidas. Es más lindo decir que te reunís con la gente que queres por un “hasta luego”  no por una despedida. ¿Pero qué palabra podemos usar si no es despedida? No se me ocurre ninguna, creo que deberíamos inventarla para tener que evitar todo lo que esa palabra conlleva, por que es imposible no pensarla en su magnitud y eso me hace llorar más todavía.

Llorona. Me pregunto si a todos les pasa lo mismo cuando están cerca de exponerse a sus sueños de manera tan real, tan tangible. Es que las semanas se hacen tan eternas como cortas, los minutos pasan tan rápido como lentos y las palabras aparecen y desaparecen constantemente. Tantas cosas que nos gustaría decir pero que suenan a eso, a las malditas despedidas que son tan inútiles como necesarias. Porque ni siquiera es que vamos a estar completamente incomunicados, lo único que cambia es la distancia en la que vamos a estar unos de otros. Presentes, lejos o cerca, siempre vamos a estar. ¿Cómo habrá sido viajar en la época en la que no existía internet y las conexiones con la familia eran por carta o teléfono? Supongo que esas despedidas sí eran peores que las de ahora. Ahora la tecnología nos permite sentirnos juntos aún a miles de kilómetros de distancia. Porque muchas veces la lejanía acerca más todavía y te hace dar cuenta de quienes son las personas que siempre están con vos, en todo momento, en todo lugar.

Ufff. Son todas esas emociones las que me hacen estar así, llorona. Tengo ganas de ver, abrazar y aprovechar cada segundo con todas las personas a las que voy a extrañar tanto, tantísimo pero, al mismo tiempo, pensar en eso me hace sentir un nudo en el estómago y me dan ganas de encerrarme en mi habitación, con las luces apagadas, el acolchado hasta la nariz, una buena película de esas que te hacen llorar hasta dejarte completamente seca y un balde de pochoclos y no hacer nada hasta que llegue el momento de subirme al avión.

Es que llorar purifica, limpia el alma y aunque nos hace ver más vulnerables, también nos hacen sentir más fuertes porque toda esa angustia, esa nostalgia, esa felicidad que nos aprietan en nuestro interior, salen de la manera más linda y natural, fluyen y nos dejan ver el otro lado de las cosas, nos limpian los cristales de nuestro ser y nos permiten observar con más claridad y, sobre todo, nos permite ser más sinceros con nosotros mismos.

Sí, soy una llorona pero me encanta, me libera, me hace bien y me deja mostrarme tal cual soy, sin miedos, sin que nada me importe.

Este post pertenece al juego “Días de Abecedario” (Dinámica Creativa de Caminomundos), un post centrado en una palabra por cada letra del abecedario. Para ver el desarrollo completo de mi desafío podes hacer click acá.

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2 comments

  1. claudia 23 septiembre, 2014 at 14:28 Responder

    Y si saliste llorona será por mi, y yo cambiaría la palabra despedida por inicio, comienzo, apertura, si bien la primera es la que va a suceder pronto lo mejor sigue después. Un nuevo camino te espera a vos y a Nico , te quiero siempre

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