Mi primera vez en contacto con los locales (o una hermosa experiencia en Londres)

Nota: las fotos de este post no tienen relación con la historia que van a leer (lamentablemente no tengo de esa situación) pero son todas ilustrativas de la ciudad.

Desde hace unos días, ayudando a una compañera de trabajo a preparar su viaje por Europa, estoy teniendo recuerdos de cuando yo fui. Tal vez estaban ahí escondidos, esperando el mejor momento para salir o tal vez era yo que los estaba bloqueando al tener tantas cosas latentes de Asia en mi cabeza. Hay muchas cosas que nunca les conté sobre mis primeros 35 días en el viejo continente, aunque esa era mi idea inicial cuando me di cuenta de que Bitácora Viajera tenía que basarse exclusivamente en mis viajes.  Por ejemplo, nunca les dije que estuve en Barcelona, ni tampoco les hablé de mi paso por Liverpool, Florencia, Venecia o Ámsterdam. Y no es que no tenga nada para contar, todo lo contrario, pero es eso lo que me pasa: los recuerdos tardan en venir a mi mente después de tanto tiempo. Lo importante es que lo hacen, tardan, pero de alguna u otra manera siempre vuelven.

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A veces me gusta pensar que hay cosas que vuelven a nuestra mente por diferentes situaciones que vivimos. Y, definitivamente, creo que lo que les voy a contar ahora aparece siempre en el momento en que más lo necesito (sí, este es uno de los recuerdos más reiterados que tuve y que sin embargo nunca llegué a plasmar en palabras). Ya les conté en varias oportunidades mi necesidad de salir a la ruta de manera urgente y cuáles son los síntomas que tengo cuando lo monótono de la rutina, del día a día me invade (si no lo recuerdan o si están padeciendo lo mismo, este es el enlace al post). Aunque mi abstinencia viajera todavía está ahí, latente y esperando por una respuesta urgente, estos días estoy como un poco más vulnerable a todas esas situaciones de la cotidianeidad que me molestan y tiendo a pensar que todo está mal y eso hace que todo me moleste. Es como un círculo vicioso. Por eso es que digo que este recuerdo siempre aparece en el momento justo. Porque me hace entender que no todo es igual, que siempre hay gente que puede marcar la diferencia e incluso, marcar nuestra vida de alguna manera. Esta historia que les voy a contar, después de esta introducción un poco larga, me pasó en Inglaterra, más precisamente en Londres.

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Durante los primeros días que estuve en la capital británica me alojé en un lugar muy poco recomendable (ni recuerdo el nombre, imagínense!) por lo que para los últimos días que tenía al volver de Edimburgo necesitaba buscar otras opciones de hoteles donde dormir en Londres, o Bed & Breakfast, o lo que fuera, pero ahí no pensaba volver (ojo, no tuve una mala experiencia, pero había cosas que no me gustaban y preferí no bancarlas de nuevo).

Finalmente, buscando en diferentes sitios webs, decidí reservar una habitación compartida en un hostel de la zona de West Kensington. Cómo todavía no había estado por esos lados, me aprendí todas las formas posibles de llegar a destino y confié en la ayuda de la gente como lo venía haciendo hasta ahora. Dato aparte: no hay una sola persona en Londres que no quiera ayudarte si te ve mirando un mapa y peor aún, si te notan totalmente desorientado.

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Cómo decía, me anoté todo y me subí a un colectivo, no sin antes preguntar si me dejaba en la parada donde necesitaba bajar. Me dijo que sí y muy simpático, ofreció avisarme donde era. Unos minutos más tarde, me indicó cuál era mi parada. Le agradecí y junto con mis dos valijas molestas (en ese momento viajaba con valijas) bajé del bus. Empecé a caminar en la dirección que me había marcado el gentil colectivero y después de unas 5 cuadras arrastrando el peso de mi equipaje me di cuenta de que la altura de la calle que estaba buscando nunca aparecía. Caminé un poco más. Tal vez están mal marcadas, pensé. Pero no, seguí caminando y nada. Simplemente parecía que parte de la numeración de la calle había desaparecido por completo. Decidí preguntarle a alguien. Definitivamente, algo estaba pasando y no entendía qué. Me acerqué a la puerta de un edificio donde tras una ventana de vidrios polarizados estaba el hombre encargado de la seguridad. Le mostré la dirección donde tenía que ir y muy amablemente me explicó que no era ese el lugar correcto, que estaba en otro lado. Yo no entendía que pasaba. El chofer del colectivo me dijo que tenía que bajarme ahí y caminar hacia el lugar donde había ido. Sin embargo, el hombre de seguridad no podía explicarme cuál era el error. Justo en ese momento, una mujer que venía de hacer las compras llega al edificio. Al verme ahí, con mis valijas y mi cara de preocupación, se acercó para saber qué es lo que estaba pasando.

La amabilidad de la gente en Londres es fantástica!

La amabilidad de la gente en Londres es fantástica!

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Gentilmente, me explicó que el nombre de la calle estaba bien pero que en realidad el lugar que estaba buscando se encontraba exactamente en el lado opuesto del área de West Kensington. Me explicó que un taxi hasta ahí no debería demorarme demasiado ni tampoco costar mucho y me sugirió que era la mejor forma de viajar hasta ese lugar. Al mismo tiempo que me explicaba, me invitó a pasar a su casa y me convidó un vaso de agua. Ella llamó al taxi y se sentó a charlar conmigo. Me preguntó mi nombre, mi edad, de donde venía y que hacía viajando por Europa. Yo fui simple, mis respuestas fueron más bien escuetas, simplemente porque quería saber de ella. Era la primera vez que realmente sentía el contacto con un local de otra forma, era la primera vez que alguien totalmente desconocido y ajeno a mí me abría la puerta de su casa de esa manera y para intentar ayudarme.

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Lo que pasó durante los no más de 10 minutos que estuvimos sentadas en el sillón de su living charlando, me pasó algo muy loco. Podría decir que de alguna manera sentí que estaba hablando con la Mariana del futuro, la que sería si nunca hubiese decidido que quiero vivir mi vida de otra manera. La señora en cuestión y de la que lamentablemente no recuerdo el nombre (soy muy mala con esas cosas) había estudiado periodismo como yo, pero las necesidades económicas y la falta de posibilidades la llevaron a tener que sentarse todos los días, durante una gran cantidad de horas, en un escritorio de oficina que no tenía nada que ver con ella. Me contó que le encantaba escribir, pero que pocas veces lo hacía y mientras me lo decía con su mirada triste, entendí que yo no estaba muy lejos de eso. Hasta ese momento, sólo me dedicaba a escribir para blogs de turismo ajenos y sobre cosas que no tenían mucho de mí. Y eso lo hacía mientras contaba hasta los segundos que faltaban para salir de mi rutina laboral oficial, por decirlo de alguna manera.

Hoy escribo esto mientras me encuentro en la misma situación. Para el mundo exterior, lo único que cambió es la dirección física de mi trabajo y, por suerte para mí, el paisaje que veo por la ventana (de eso no me puedo quejar sinceramente). Sin embargo, para mí, a nivel personal todo dio un giro de 180 grados en mi vida. Sí, es cierto que hoy estoy sentada frente a un escritorio de oficina. Sí, es cierto que tengo una rutina que cada día que pasa me molesta más. Pero decidí cumplirla sabiendo que este es el medio para el fin y no algo definitivo. Hoy tengo muchos planes para mi futuro no tan lejano y ya empecé a dar los primeros pasos para conseguirlo. Eso, tal vez nunca hubiera pasado si no hubiese entendido que viajar, para mí, significa todo eso que el gesto de esa señora londinense tuvo conmigo.

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