De mochilera low cost a crucero de lujo: navegando en el Monarch

Viajar en crucero es otro de los gustos que heredé de mi familia. A mi papá le encantan los barcos y desde que hizo un viaje transatlántico por primera vez – en el año 1980 desde Glasgow a Buenos Aires por trabajo – siempre soñó con subirse a un barco por placer. Hace ya varios años pudo darse ese gusto y un poquito después, nos llevó a disfrutarlo con él. La primera vez que viajé en crucero fue en diciembre de 2011 y me encantó. Tres años más tarde lo repetí de la mano de Nico y hace unos días tuve la suerte de disfrutar de mi tercer viaje a bordo. Tengo que confesarlo: es algo que cada vez me gusta más.

Hice una pausa en el viaje por Asia, crucé gran parte del mapa en algo más de 26 horas y me escapé por unos días a Occidente para conocer el gran barco Monarch que navega las costas de Colón (Panamá), Cartagena (Colombia) y Aruba de la mano de Pullmantur. Durante este viaje no solo aproveché para llenar mi panza de cosas ricas – y que extrañaba tanto – o desarmar mi mochila por más de tres días, sino también para reencontrarme con Laura (Los Viajes de Nena) y Aniko (Viajando por Ahí) con quienes compartí el blogtrip a San Juan en 2012 y desvirtualizar con Adriana (Viaja el Mundo), una venezolana divina a la que nunca vi sin una sonrisa en la cara.

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Llegamos al puerto de Colón pasadas las 8 de la mañana. Estaba lleno de gente. Mujeres coquetas y hombres perfumados, todos listos para subirse al gigante de acero que los llevaría de paseo por el Caribe y yo… bueno, yo llegué con mejor pinta de la que suelo tener cuando estoy en Asia (no digan nada, pero tuve que salir corriendo a comprarme al menos una remera decente para la primera impresión) pero mi mochila no dejaba de resaltar entre tanta valija con rueditas.

Apenas recibimos las llaves de nuestros camarotes fuimos corriendo a verlos. Aunque ya había estado en dos cruceros antes, nunca me había tocado dormir en una cubierta alta así que me moría de intriga por saber como sería estar viviendo en el piso 9 de un crucero. La habitación era super cómoda, con una cama doble en la que dormí en diagonal prácticamente todas las noches (en realidad lo hago siempre, pero esta vez lo hice sin culpa), un escritorio divino donde poder sentarme con la compu y un sillón que hubiera sido ideal para relajarme de no haber sido porque lo usé para desordenar todas las cosas que tenía dentro de la mochila. Igual, con tanto crucero alrededor tenía lugares de sobra donde descansar.

Y si de descansar se trata, tengo que decirles que me sentí como una reina. La gente de Pullmantur gestionó todo para que pudiéramos disfrutar del barco en todos sus aspectos y por eso nos otorgaron el acceso a The Waves, la zona más exclusiva de la nave. Desde el momento que tuvimos la tarjeta en nuestro poder, prácticamente la hicimos propia. Pasamos tardes enteras jugando al scrabble, escribiendo en nuestros cuadernos, leyendo, charlando y tomando algún que otro trago ofrecido por la pulserita negra “Pack Total“.

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Foto: Viaja el Mundo

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Foto: Viaja el Mundo

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Foto: Viaja el Mundo

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Cuando fuimos al Caribe con Nico, en 2014, el paquete todo incluido nos había parecido super caro – no recuerdo el precio en este momento, pero la sumatoria hacía que nos saliera más de lo que habíamos pagado por el crucero en sí -, por eso me llamó la atención que la pulserita mágica la cobraran solo 10 dólares al día, más o menos el mismo valor de lo que sale cualquier trago en un bar en Buenos Aires. Ya me imagino a más de uno armándose la lista de drinks que se tomaría…

El Monarch es actualmente el barco más grande de la flota que opera Pullmantur  y tiene capacidad para más de 2.700 pasajeros. Ya a simple vista es imponente. Tiene 12 cubiertas, aunque en realidad el piso más alto es el 14 donde disfrutamos más de una fiesta privada con shows musicales y clases de coctelería incluidos. Como todo crucero, tiene teatro, cinco restaurantes – buffet y a la carta -, casino, sala de conferencias y de bodas, negocios Duty Free, biblioteca, bares varios y repartidos por los diferentes pisos, gimnasio, cancha de fútbol, aro de básquet, zona de escalada, spa, peluquería y lugares exclusivos para los más chicos (tanto niños como adolescentes).

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Esta vez, a diferencia de otras, aproveché el viaje para disfrutar el barco más allá de las piletas de agua salada y el jacuzzi – que estaban buenísimos – y por eso aproveché un poco más el camarote, la zona The Waves y hasta tuve la oportunidad de visitar la cabina del capitán, algo que nunca creí que iba a poder ver y que me pareció increíble. La vista desde la proa es alucinante: la inmensidad del mar es todavía más espectacular de lo que me imaginaba.

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Para destacar:

  • Aunque siempre pensé que en los barcos no valía la pena contratar un plan de WiFi porque no van ni para atrás ni para adelante, tengo que reconocer que el servicio del Monarch me sorprendió: lógicamente, al ser conexión satelital no iba a la velocidad de la luz pero se podía usar tranquilamente. Yo lo usé principalmente para redes sociales y whatsapp, pero hasta pude hacer el web check in de mi vuelo sin problemas.
  • La calidad de las bebidas es excelente. Todo es de primera marca y podes pedirte lo que quieras. ¡Cuando vi que la pulserita incluía champagne no lo dudé!
  • Algo que me gustó es que el show de teatro es siempre a la misma hora y después de los dos turnos de cena. Así, si te toca el segundo horario (21.15/21.30) no tenes que dejar de hacer cosas tan temprano para poder ir a ver la obra del día.
  • Las bajadas en los puertos me pareció super organizada y rápida. Nunca esperamos demasiado para salir ni tampoco se acumulaba muchísima gente en las escaleras como me ha pasado en otras oportunidades.
  • La cafetería de The Waves es excelente. Hacía rato que no tomaba un capuccino tan rico.
  • El personal a bordo es super profesional. Cualquier inconveniente lo resuelven al instante, son muy respetuosos y trabajan 10 puntos. El equipo de animación es muy divertido y le pone todas las pilas. Mención aparte para el panameño que se encargaba de nuestros camarotes que me enteré que en más de una ocasión dobló ropa que encontró desordenada. ¡Un genio!
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