Broome: relax en la costa oeste australiana

“¡¿Dos semanas en Broome?!”, nos preguntó uno de los policías que solían frecuentar la Roadhouse en la que trabajábamos, un poco con tono de sorpresa y otro tanto en forma de advertencia. Necesitábamos tanto de unas vacaciones que ni nos pusimos a pensar si sería mucho o poco para el lugar en sí, sino que creíamos que era un tiempo más que conveniente para relajarnos, descansar y prepararnos para la siguiente etapa en Australia.

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Llegamos a Broome apenas tres horas después de haber terminado nuestro último día laboral y ni bien dejamos nuestras mochilas en Cable Beach Backpackers, el hostel suuuuper recomendado que se convirtió en nuestra casa por los siguientes 16 días (¡gracias por sumarse a nuestro proyecto!), nos fuimos corriendo a la playa. No podíamos creer que después de sufrir el calor intenso de Derby durante cinco meses, por fin podríamos disfrutar del mar y de un tiempo sin pensar en absolutamente nada.

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Mi primera impresión de la playa fue un “woooow”. Creo que nunca antes había visto algo tan inmenso y desierto. Tuvimos que caminar aproximadamente un kilómetro desde el comienzo de la arena hasta tocar el mar que, para mi felicidad, tenía una temperatura perfecta. Nico seguramente les dirá que el agua estaba bastante caliente como para que no sirviera de refresco suficiente contra el sol ardiente de la ciudad, pero para mí era como estar tocando el cielo con las manos.

Los que me conocen lo suficiente saben que el mar y yo no somos los mejores amigos. No soy una persona que se vuelva loca por ir a la playa (aunque claro, a veces lo necesito) y para poder disfrutarlo de verdad necesito agua cálida y serena. Las olas me inhiben un poco, siento que ya no tengo el control de la situación y prefiero mostrarle respeto antes de que su fuerza me demuestre que puede revolcarme en cuestión de segundos.

El mar de Broome fue perfecto la mayoría de los días. Podíamos pasar horas haciendo la plancha, nadando y jugando en el mar como si fuésemos niños que no tienen ningún tipo de preocupación más que dejarse llevar por el momento. Algunos otros, mostró su lado rebelde con corrientes que te llevaban de un lado a otro casi sin darte cuenta y algunas olas que si bien no eran las típicas postales de surf que se conocen en Australia, lograron intimidarme. Lo más lindo es que se trata de un mar totalmente atípico: no solo vimos peces enormes sino también manta rayas y delfines. ¡Todos nadando prácticamente en la orilla!

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Pero el mayor problema no fueron ni las olas ni el calor agobiante que no quería alejarse de nosotros (bueno, al final un poco lo terminé sufriendo), sino las irukadjni (jellyfish, aguas vivas, medusas o como prefieran llamarle) que viven en estas aguas y hacen que la belleza del color turquesa del Océano Índico quede opacada por el temor a que estos bichitos que no son más grandes que la yema de un dedo estén listos para atacar.

La verdad es que no nos podemos quejar. Tuvimos suerte porque de las dos semanas que estuvimos estos bichos aparecieron solamente los últimos tres días. El tema es que son peligrosos de verdad. No es una de esas medusas que simplemente te dejan ardiendo sino que el dolor que te causa es tan fuerte que hasta podes llegar a necesitar morfina para calmarlo. En algunos casos, el veneno es tan poderoso que es capaz de ocasionar la muerte.

El primer día que una de estas jellyfish atacaron, la playa estuvo cerrada por la tarde por protección. A la mañana siguiente todo volvió a la normalidad pero mi miedo empezó a estar latente. No pensaba arruinarme el viaje por un bicho que ni siquiera puede controlarse. Le pregunté a uno de los guardavidas si las condiciones eran las apropiadas para meterse al mar y me dijo que sí. “Las posibilidades de que te ataque una es de dos cada cien mil personas. El hombre de ayer tuvo mucha mala suerte”, me agregó a la respuesta. Parece ser que el chico reprobó estadística porque esa misma tarde cuatro personas más terminaron en el hospital. Los números claramente no dan.

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Pero más allá de eso, Broome fue nuestro punto de entrada a la vida como la conocíamos antes de Derby. No les puedo explicar nuestras caras cuando volvimos a ver un colectivo circulando por las calles, ni mucho menos cuando vimos un shopping (chiquito, pero shopping al fin). Ya no nos cruzábamos con la gente que solíamos ver todos los días, ni teníamos que preocuparnos por el horario, algo que ya formaba parte de nuestra rutina. Aunque, tenemos que admitir, el policía tenía razón. Dos semanas en Broome puede ser bastante, sobre todo si no contas con un vehículo propio.

Creo que el gran problema de pueblos como Derby o como Broome es justamente que estás limitado a tener un transporte en el que movilizarte. Una moto, una bici o un auto es lo ideal para poder moverte de un lado a otro porque si bien a nosotros nos encanta caminar, el calor es un obstáculo que a veces se vuelve imposible de sortear.

Caminar desde Cable Beach hasta Chinatown o Town Centre puede tomar horas y el único colectivo que conecta estos trayectos circula cada una hora durante la temporada baja (Wet Season) o cada media hora en temporada alta (Dry Season) y cada tramo tiene un costo de 4 dólares. Para nosotros, ir al supermercado y volver implicaba gastar 16 dólares, incluso más de lo que podíamos gastar en la compra.

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Seguramente estarán pensando por qué no nos instalamos más cerca de toda la movida urbana, pero la realidad es que nosotros fuimos a Broome para disfrutar de la playa y Cable Beach es el lugar indicado para eso. Si bien en Town Centre hay otra playa, no es la más linda del lugar y para el momento que estuvimos nosotros, estuvo plagada de tiburones y jellyfish. Claramente no era la mejor opción.

La verdad es que Broome es un pueblo chiquito y no hay demasiado para hacer. Chinatown fue una de mis grandes decepciones porque es la primera vez que veo un barrio chino sin arco (¡a mi no me engañan, eso no es Chinatown!) y lo único que tenía de ese país era una puertita que decía “Comunidad China en Broome”.

Lo más popular o famoso es el cine que, según dicen, es el más antiguo del mundo. La entrada salía 16 dólares así que preferimos dejarlo para otra oportunidad, pero nos contaron que por dentro es todo una belleza.

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Aunque después de una semana el calor y la playa todos los días nos tenían un poco cansados (sobre todo a mí, Nico no se cansa del mar tan fácilmente), Broome nos dejó una muy linda impresión porque aunque sabíamos que nos íbamos a encontrar con unas lindas playas, no esperábamos que fueran tan hermosas como las que vimos.

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