Un domingo en Bondi Beach y alrededores

Antes de llegar a Australia (e incluso una vez que nos instalamos en Sidney) nos llamaba la atención la desesperación que todos tenían por conocer Bondi, el barrio residencial que se encuentra ubicado en plena zona costera de la ciudad. Vendría a ser algo así como Manly, pero desde mi punto de vista no tan pintoresco a nivel urbano pero sí con unas playas envidiables.

Llegamos a Bondi Beach apenas unos minutos antes de las 9 de la mañana y nos pareció un lugar increíble. Recién empezaban a asomarse las primeras caras del domingo que se disponían a disfrutar de la playa, el mar y los alrededores. A simple vista, las construcciones y las disposiciones de las calles nos hicieron acordar al fin de semana que fuimos juntos a la playa por primera vez. Se podía sentir el olor a mar, el olor a verano aún transitando los primeros días de la primavera y un espíritu de tranquilidad insuperable.

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Apenas nos bajamos del colectivo fuimos hasta la casa de Pachi, una amiga sanjuanina que conocimos gracias a los muchos grupos de Facebook del Sudeste Asiático (y con la que tuvimos la suerte de desvirtualizar este año en Buenos Aires) y que vive en Sidney hace ya casi 2 años. Ella nos propuso hacer una larga caminata por las playas de la zona y después participar de una barbecue (o sea, un asado) argento al final del recorrido. Dijimos que sí sin pensarlo y allí estábamos, listos para conocer la zona más popular (al menos entre los viajeros) de todo Sidney.

Resulta que esta caminata es bastante conocida y mucho más transitada, pero creo que de no haber ido con algún “local” muy difícilmente hubiéramos sabido de qué se trataba. A decir verdad, siempre que escuchaba hablar de Bondi, era Bondi Beach y nada más, no tenía idea de que al lado había tantas otras playas para conocer.

Salimos de la casa de Pachi aproximadamente media hora después y, para nuestra sorpresa, la playa que habíamos visto casi desierta estaba ahora completamente llena de gente. Bueno, llena para lo que representa un domingo a las 9.30 de la mañana, pero el paisaje no tenía nada que ver con lo que habíamos visto al llegar. Lo más curioso es cómo, de repente, había grupos y grupos de niños en lo que parecía un entrenamiento de surf avanzado. Todos vestiditos con trajes de baño color fucsia y la palabra “Bondi” estampada como si se tratara de algún equipo de competición. Tal vez lo era, porque volvimos a ver esta imágen en cada una de las playas que fuimos recorriendo después, cada una con su nombre por supuesto.

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Parados mirando de frente al mar, empezamos nuestro paseo caminando hacia nuestra derecha. No tardamos mucho en encontrar la foto típica de Bondi que ya habíamos visto en todos los perfiles de Facebook de la gente que sabíamos ya estaba en Australia: las piletas de natación casi metidas dentro del mar. Antes de estar ahí, Nico y yo pensábamos que era la pileta de un hotel que había conseguido tener una vista imposible de mejorar para sus huéspedes pero, resulta ser que en realidad se trata de una pileta pública donde por 5 dólares al día podes nadar y relajarte con vista al mar. Puede sonar un poco tonto teniendo en cuenta que podes meterte al mar sin pagar un centavo y disfrutar de la vista, pero les juro que esa pileta tiene un no sé qué que te dan ganas de aprovecharla. Lo más curioso es que el agua que usan para llenarla es sacada del mar por lo que la diferencia es simplemente la seguridad de estar protegido entre “cuatro paredes” y no sentirse vulnerable frente a las olas del Pacífico (tal vez ahí está la cuestión de por qué tanta gente la prefiere).

Al ser un recorrido popular, el camino está super bien cuidado y hay lugar para caminar tranquilos incluso cuando hay mucha gente que hace ese trayecto para hacer deporte como correr y/o caminar a paso muy muy rápido. Hay quienes dicen que se puede llegar de una punta a la otra en aproximadamente 45 minutos pero, por lo menos para nosotros que lo hicimos disfrutando del paisaje y sacando fotos, todo el paseo duró aproximadamente dos horas.

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A medida que avanzábamos nos fuimos encontrando con las playas de Tamarama primero, Bronte después y Clovelly, donde hicimos una parada técnica para alimentar nuestros estómagos que habían salido del hostel sin desayunar. En realidad, no se puede decir que estábamos famélicos ni nada por el estilo porque nos habíamos comido el último alfajor que nos quedaba entre nuestras provisiones argentas en el colectivo camino a Bondi, pero como vimos una carpita que vendía salchichas asadas como colaboración a un club de guardavidas pero al estilo familiar (hasta los chicos ayudaban a los grandes a preparar los pedidos), no pudimos resistirnos a la tentación de comprar una para el camino.

Lo curioso del camino es que justo antes de llegar a Clovelly, la pasarela que conforma el camino pasa casi literalmente por adentro del cementerio. El lugar es increíblemente grande, y es bastante loco pensar que todo ese terreno, con una vista excelente, está “habitado” por personas que no pueden disfrutar del paisaje que tienen enfrente. Durante el día es un atractivo más del paseo pero no me quiero imaginar lo que debe ser caminar por ahí durante la noche. Creo que definitivamente no me animaría.

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Después del cementerio, la salchicha y un descanso fugaz, ya estábamos en el tramo final del paseo, pero el sol pegaba cada vez más fuerte y el cansancio en las piernas se hacía sentir así que marchamos a un paso más lento, aprovechando también para mirar las diferencias entre una playa y otra. Aunque no había mucho, algunas tenían el agua tan perfecta que te daban ganas de tirarte ahí y no salir por unas cuantas horas. Para mí, la más linda de todas fue la siguiente a Clovelly, conocida como Gordon’s Bay. Según nos contó Pachi, es uno de los mejores lugares de la zona para hacer snorkelling y de hecho, debe ser así porque estaba lleno de grupos de buzos que parecían estar dando cursos de iniciación a principiantes.

La bahía, les juro, es hermosa. Lo único que no me terminaba de convencer del lugar era que, para meterse dentro del agua, había que enredarse un buen rato entre las algas marinas que estaban en la orilla. Eso sí, se ve que los locales la tienen bastante más clara que yo porque un grupito de chicos encontraron una piedra lo suficientemente alta y libre como para usarla de trampolín y disfrutar del agua sin la necesidad de usar la vía normal de ingreso.

Gordon’s Bay es justo la anteúltima parada porque apenas unos metros más adelantes ya se encuentra Coogee, el destino final. Coogee vendría a ser algo así como Bondi, con una calle principal llena de negocios al mejor estilo costa atlántica argentina, precios súper elevados en comparación al centro de Sidney y mucha, mucha gente.

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Si bien la playa es grande, para el mediodía ya no quedaba lugar para mucha gente más. Incluso en el parque que está fuera del arenal (y que es la zona exclusiva para hacer barbecues) no había ya espacio para nadie. Era prácticamente un hormiguero con mezcla de ritmos y razas. Gente de todas partes del mundo reunidas, música brasilera sonando a todo volúmen y asados a cada paso, representaban el paisaje de esta zona de la costa de Sidney.

Cuando llegamos fuimos al supermercado a comprar lo que pretendíamos cocinar en el asado argento. Por suerte, y gracias a que Pachi y Nico se avivaron, terminamos comprando todo para hacer sandwiches en lugar de carne o alguna salchicha para poner al asador. Sabíamos que iba a ser complicado cocinar entre tantas personas y, considerando lo lleno que estaba el lugar, hasta iba a ser difícil conseguir una parrilla libre.

De hecho, la gente que organizaba la barbecue llegó como dos horas más tarde de lo que habían pactado y sin nada para comer. Eran ya las 2 de la tarde y todavía había que esperar a más de la mitad del grupo para ir a hacer la compra y, como todos habían estado de fiesta la noche anterior, llegaban con resaca, sueño y sin mucha idea de por dónde empezar.

Nosotros, felices con nuestros sandwichitos, nos tiramos en la arena y armamos nuestro picnic. Después de un rato, alrededor de las 5 de la tarde emprendimos nuestro regreso al centro de Sidney mientras los anfitriones decidían ir a comprar fiambre para comer y se planteaban posponer el asado para la noche. “Esto está organizado bien a lo argento”, repetían continuamente.

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Cómo llegar a Bondi Beach

Desde el centro de Sidney hay colectivos que van directamente a Bondi Junction, la estación de trenes y otros que siguen a Bondi Beach. En la intersección de Elizabeth Street y William Street se puede tomar el 333 o el 380 que van hasta la zona de playas haciendo el recorrido Bondi – Hyde Park – Circular Quay.

Si, sin embargo, se decide ir a Bondi desde la famosa zona de King Cross y en lugar de optar por el tren (desde allí son sólo dos estaciones) quieren viajar en bus, lo ideal es la línea 326 que hace el trayecto Bondi – King Cross – Circular Quay.

En nuestro caso, como no teníamos la posibilidad de tomarnos el colectivo porque ese domingo las calles principales estaban cerradas por una bicicleteada, optamos por tomarnos el tren hasta Bondi Junction y desde ahí, cualquiera de esos dos colectivos hasta llegar a Bondi Beach. El trayecto desde la estación hasta la playa no dura más de 20 minutos y aunque van a reconocer la parada enseguida por la cantidad de gente que baja y por los negocios que hay alrededor, pueden guiarse por el “Hungry Jacks” porque ahí es donde tienen que bajar.

Para volver, no es necesario que regresen hasta Bondi Beach porque desde Coogee hay diferentes líneas de colectivo que salen justo desde la playa y van hasta el centro de Sidney. La línea 372, por ejemplo hace un camino directo entre Coogee y Central, mientras que las 373 y 374 recorren Coogee – Hyde Park – Circular Quay.

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3 comments

  1. freddy 30 marzo, 2015 at 12:14 Responder

    Que playas me recuerdan a las de Cuba hace poco viaje y disfruté muchisimos de tan bellas playas igualitas a estas
    saludos
    gracias por el post

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