Aruba, one happy island

Aruba es la isla feliz (one happy island), o por lo menos eso reza el slogan con el que se promocionan turísticamente. Unos días antes de llegar el huracán Matthew ya había logrado que el mismo barco en el que nosotras estábamos tuviese que cancelar su paso por este país autónomo que, igualmente, pertenece al Reino de los Países Bajos.  El día que nos tocó desembarcar había sol, pero aún así nos habían avisado que no era seguro que pudiésemos visitar la playa. ¿¡QUÉ!? ¿Estamos en Aruba y no vamos a poder ver lo que todos venimos a buscar?

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Bajamos del Monarch temprano. Como ya nos había pasado en Saint Maarten, teníamos que volver al crucero mucho antes de que cayera el sol así que el tiempo que teníamos parecía ser fugaz. En la calle nos estaban esperando unos jeeps atigrados que parecían ser bastante entretenidos. El conductor, un isleño orgulloso de su isla feliz, no paró de contarnos lo bien que les va, lo segura que es la isla y la excelente tasa de empleo que tienen. Eso sí, nos aseguró que “para los turistas es muy caro porque los precios son como los de Estados Unidos“.

Los jeeps me encantan hasta que arrancan. Obviamente, el que maneja uno quiere lucirse y aprieta el acelerador como si no hubiera un mañana. Ya nos había pasado en Vietnam, cuando fuimos a visitar las dunas blancas de Mui Ne, y ahora estaba viviendo lo mismo. Que alguien me lo recuerde para la próxima, por favor. Al otro día tenía un dolor de piernas terrible que solo pude adjudicárselo a la fuerza que hice para sostenerme y no irme para adelante.

A medida que avanzábamos por la isla fueron apareciendo los primeros pantallazos de un mar turquesa que hacía tiempo no veía. Mientras yo no podía dejar de sonreír y quería saltar del jeep en movimiento para irme a nadar a esas aguas, el guía no paraba de repetir que nos había tocado llegar a Aruba en un día feo y que el mar no estaba bonito. “Lo que será esto si justo hoy no es el mejor día“, pensaba para mis adentros.

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Después de un rato en la ruta llegamos al área donde se encuentra una de las atracciones más famosas de la isla feliz: los restos del Puente Natural que se derrumbó en 2005. Aunque actualmente solo hay una parte visible del puente, antiguamente medía 30 metros de largo y tenía más de 7 metros y medio de alto, lo que lo convertía en el puente natural con mayor longitud en el Caribe. De un lado el mar, del otro un paisaje árido desértico repleto de cactus y tierra rojiza.  Esto no es casualidad, Aruba está padeciendo el fenómeno del niño desde hace ya algunos años y esto hace que la isla esté tremendamente seca.

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Pero yo no podía dejar de pensar en el mar. Ese Caribe que me llamaba a gritos y que cada vez que lo tengo enfrente me recuerda lo mismo: no hay uno como él. Mi primer encuentro con el oceáno más lindo del mundo lo tuve en 2009, cuando me fui de vacaciones a la isla de San Andrés en Colombia. El mar de los siete colores lo llamaban, y así era. Me dejó marcada. Cuando llegué a Tailandia por primera vez, corrí desesperada buscando esos azules que me habían dejado enamorada y no lo encontré. Recién este año encontré en Koh Lipe algo que se le asemejaba. Volví al Caribe una vez más, en 2014 y sus tonalidades no dejaron de impactarme. Soy una chica de montañas, eso no lo voy a negar jamás, pero esta zona del planeta es mi debilidad y Aruba me lo confirmó.

Nuestro guía seguía insistiendo con que el mar estaba feo, que Aruba no es así realmente y no sé cuantas cosas más. Cada vez que él hablaba yo pensaba en esos colores y en cómo este señor no podía entender que para mí, eso que tenía enfrente, era sinónimo de paraíso. Hicimos una parada en el Faro de la isla que estaba repleto de gente y demasiado cerca del mar como para querer mirarlo. Así que insistimos, insistimos e insistimos. No podíamos irnos de la isla feliz sin pisar la playa.

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Aruba tiene muchas playas. Algunas de olas grandes, otras de aguas tranquilas. Algunas rodeadas de negocios, bares y actividades, otras un poco más privadas. Pero todas tienen algo en común: son simplemente hermosas. Por cuestiones de tiempo y cercanía, nos llevaron a una muy chiquita que estaba cerca del puerto. Aunque no era la más linda de todas las que habíamos visto desde arriba del jeep, teníamos el mar para nosotros solos y seguía siendo igual de espectacular. Sí, Matthew había traído bastantes algas a la orilla y tal vez el agua estaba un poco menos cristalina de lo normal, pero para mí, el mar Caribe siempre va a ser igualmente único.

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Esta visita a Aruba forma parte de una de las paradas del Monarch, el crucero de Pullmantur que hice del 02 al 07 de octubre de 2016.

Leé cómo fue la primera parada del barco en el post “Los colores de Cartagena“.

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